jueves, 19 de abril de 2012

Decisiones al pensar en mi seguridad. Rendición. Adiós a Creación.

Okey, ¿de qué escribiré hoy? Vale, no tengo en realidad ningún tema en especial. La verdad es que ni siquiera sé si este es el medio por el que debería expresar lo que sucede: lo que me sucede, pero como ya saben ustedes —lo he mencionado— cuando escribo me entiendo. Espero que esta vez pase igual y logre, al final, entenderme. Y es que para ser sincero, he intentado entenderme de otras maneras como leyendo, oyendo a Mahler, viendo pasar las cosas, observando los detalles del mundo y teniendo diálogos internos en los que aparecen dos personajes: yo y un contra-yo, que es un Hindemburg que se autocritica, como si fuera una persona totalmente diferente, y que mantiene discusiones en veces, acaloradas. A decir verdad no tengo claro cómo es que hago eso, cómo es que me hablo a mí mismo como si me desenvolviera en alguien más... no sé. Lo único diáfano en mis cavilaciones es que en la mayoría de los casos llego al mismo punto: aunque critique, les dé vueltas a mis ideas y trate de establecer un término medio, siempre acabo sabiendo que por más heterónimo que me quiera imaginar, la última decisión la tomo yo. El yo que está caminando por el mundo de allá afuera.
Bien hizo David el aconsejarme que experimentara lo que desconocía. ¿Y qué se supone que iba a experimentar? Intenté buscarlo, no lo hallé, pues es obvio que no se puede encontrar algo si no se sabe primero qué es lo que se busca. De cualquier modo todo terminó en que las experiencias llegaron solas cuando dejé de perseguirlas con afán.
Todo se derivó de una noche en la que fumé marihuana. Soy sincero, siempre tuve curiosidad de saber qué se sentía fumar marihuana, porqué todos alucinaban (tómelo literal y no tanto) con maría. Imaginaba que sería sentir un cigarrillo multiplicado, no sé, tres veces. Y para empezar, ni siquiera el sabor, ni la forma de fumarlo, se asemejaban al cigarro perfectamente liado de fábrica. Un aroma a pasto quemado, a hierba seca que se consume, a un humo filoso que descamó mi garganta y mis pulmones a la primera y única inhalada... bocanada, más bien, porque aspiré el humo como quien se está ahogando en el mar. Pasaron minutos, no sentí nada más que un broncoespasmo doloroso que aminoró al paso de un rato. Era una fiestecilla de párvulos que se creen mayores: sillas rodeando un fuego, aroma etílico de cerveza y alientos confundidos con la madera quemada; el frío de estar cerca de un bosque en donde la luna no alcanza penetrar su luz. Sentado junto a la que esa misma noche dejaría de ser mi novia, miraba crepitar la lumbre: chispas rebotaban al aire y se iban ligeras al cielo sin apagarse. Un velo oscuro se descorrió por mis ojos y cayó una pesada noche, también ardió una taquicardia en mi pecho, y de sopetón, brilló de nuevo la fogata amplificada. Aterrado por un pulso acelerado (la vaga idea de tener ahí mismo una taquicardia ventricular fulminante) me hizo salir disparado de mi asiento desplegable y andar alrededor de la reunión, intentando disimular mi espanto, hasta que oí a lo lejos los pasos de Alejandro, mi hermano putativo. Le pedí, angustiado, con el rostro descompuesto en horror, que me llevara al hospital. Pero él ya sabía lo que pasaba, y se rehusó a atender mi súplica con un desdeñado “es normal, así pasa, así se siente”. Seguí buscando atención, de mi novia, de mi amiga enfermera, de mi amigo paramédico. “Es normal, así pasa, así se siente”. De pronto caí en la cuenta de que mis acciones estaban siendo actuadas deliberadamente. No pensaba lo que hacía, sólo lo hacía, y entonces lo pensaba y me preguntaba qué había hecho primero. Pensaba lo que pensaba, y pensaba lo que estaba a punto de pensar, para pensarlo, y al hacerlo pensarlo nuevamente —no sé si me entienden. Total, la noche se plagó de episodios en los que estaba totalmente consciente de mi estado, y lo aceptaba con relativa pasividad; y otros en los que dudaba si algún día saldría de ese estado, o me atormentaba imaginándome en el limbo, ya intubado en la sala de choque de algún hospital cercano, con aminas vasopresoras y un pronóstico funesto a corto plazo, ¿estaría soñando, o serían estúpidas especulaciones mías al no poder controlar mi imaginación?, de cualquier modo, mis latidos cardiacos se aceleraban y un pánico helado se apoderaba de mí. Todavía atemorizado, en la transición del terror a la calma relativa, llamé a mi novia y le pedí que termináramos la relación que duró alrededor de siete meses, ¿razón?, creo... que no es justo mantener una relación de efímero contacto, platicas apenas y salidas esporádicas, y un futuro, como la vida, terriblemente incierto. Como me lo supuse, ella lo sintió como una bofetada, como algo repentino, crudo e insensible de mi parte, grosero, quizá. Lloró, sí lo hizo, y eso fue lo que más me dolió. Pero de eso hace ya pocos días más de un mes. Ahora ella sale con el hombre a quien yo hubiera confiado mi total existencia, y del cual, ahora ya no sé qué pensar, ni a qué voz hacer caso.
Y no sé si son sensiblerías mías, pero desde el rompimiento, los amigos que tenía por ella (gracias a ella entré a PC) se mostraron, en primer momento, decepcionados y distantes; hoy sólo se muestran distantes, y eso me parte el alma. Porque, como leo ahora en Lucas de Kevin Brooks, yo puedo ser una persona a la que no le importa lo que las demás personas piensen de mí, pero cuando se trata de una persona (o personas) a las que respetas o amas o admiras (o respetas Y amas Y admiras) la cosa cambia radicalmente. Y sí, me importa lo que mis compañeros de Protección Civil piensen.
Pertenecer a Protección Civil, como voluntario, fue extender el alcance de mis acciones como ciudadano, aprender a ser un eslabón eficiente en el trabajo de conjunto, aceptar que soy un ser con bastas limitaciones, pero también con muchas capacidades que explotar. Pero lo más importante, y razón por la que guardo a Protección Civil en mi alma, es que estuvo allí cuando mi familia me descartó todo su apoyo. Sí, es por eso que verlos distantes me rompe el alma.
 Y así estaba, vulnerable, triste, llorón hasta porque la mosca atravesaba la estancia, cuando me di cuenta de que ya no podía hilar una sola oración de tres partes. De pronto las palabras que escribía no tenían ni pies ni cabeza, ni inicio ni término. Era como si también las letras se hubieran alejado de mí. Lo más preciado que tenía estaba distante, arisco a que lo tomara e hiciera de él el todo. El lenguaje estaba resentido conmigo. ¿Y qué haces cuando, deprimido, ojeroso y sin esperanzas, te das cuenta de que todo lo que más  quieres en el mundo está asiduo en NO ir en tu ayuda? Lo que yo hice fue alejarme de todo y tratar de no pensar en nada más que la Semana Santa se corriera como una canción acelerada. Abrir y cerrar los ojos, y rehilar la existencia monótona. Sin embargo, no pasó así. La semana se hizo eterna, y también la consecutiva. De vacaciones en el hospital, en la escuela, viviendo en una casa en donde se produce el sopor mismo de los días pegajosamente acalorados, todo en lo que me convertí fue en un completo holgazán que leyó, por fechas santas, El Evangelio de Lucas Gavilán de Vicente Leñero, un libro que me es tan especial porque fue el primer ejemplar “para grandes” que leí a la edad de 8 años. Si una novela tan magistral como esa me consintió cuando todavía tenía miedo de bajar al váter por la noche, que no me consintiera ahora hubiera sido ilógico. Ese libro amado fue lo que me mantuvo con vida casi artificial, porque entonces yo no estaba echado en la cama leyendo un libro, sino en la república de México andando tras de los pasos evangélicos de Jesucristo Gómez. Cerraba el libro y entonces podía vivir un poquito más, y tener tiempo para pensar en lo que vendría.
Pensaba en lo que había planeado una semana atrás. Había ido al Instituto a solicitar mi ingreso en la Licenciatura en Enfermería y Obstetricia. Pero, ¿por qué lo había hecho? Simple: descubrí que yo no tenía la madera para ser escritor. Al menos no ahora. Hallé en mi interior, dejando de lado cualquier pensamiento que pudiera contaminar la sinceridad conmigo mismo, que para ser escritor se necesitaba un valor y un coraje y una inteligencia superiores, casi divinos, sobrehumanos. Yo no los poseo. Ni tengo valor ni coraje ni inteligencia aunque mis relativos insistan en que soy un geniecillo. No, no soy ningún geniecillo. Lo sé y lo acepto. Quizá nunca me convierta en escritor, quizá nunca pueda dominar el lenguaje como los grandes literatos. Quizá nunca escriba un texto de calidad, ni mucho menos un texto literario. Un profesor me ha dicho que quizá nunca escribí literatura, pero que en la universidad podría descubrir si sería capaz de hacerlo algún día. Yo creo que no. Mi vida no puede estar delimitada por el azar. Necesito cierta seguridad, cierta... cómo decirlo... cierta certeza de que haré algo bien, porque si no tengo esa certeza, el mundo se me viene abajo, como un cristal que se desgaja ante un golpe de pelota. Por eso decidí que mejor estudiaría la Licenciatura, lo que no significa que vaya a desertar de la literatura eternamente. No, sólo por el momento. No quiero que de la literatura dependan las gravísimas presiones de un patrimonio que anhelo, o que, invariablemente, necesito. Considero que la literatura, la buena literatura, debe ser totalmente libre. Como dice Virginia Woolf (en otro contexto, claro) se necesita un cuarto propio y quinientas libras al año. Yo no tengo lo uno ni lo otro. Y la única forma de lograrlo es teniendo una seguridad, que en mi caso no supone una obligación forzada porque amo también la enfermería. Por ahora todo es cuestión de seguridad. Ya vendrá el tiempo en que podré realizar libremente una buena literatura. Por el momento leeré, leeré cuanto pueda y ejercitaré la pluma... y algún día estaré en forma. 

miércoles, 28 de marzo de 2012

Dark lantern.


Takeru abrió el cajón de la vieja alacena polvorienta, olvidada desde la guerra en el sótano, y se quedó observando su contenido afectado por el aire cargado con partículas de polvo. Del cajón se disparó un aroma a papel viejo, óxido y naftalina que rápidamente se coló por la pequeña nariz de Takeru, y lo hizo estornudar: ¡achú! Temiendo que alguien notara su ausencia en la casa, Takeru sacó de su bolsillo una linternilla; la encendió e inspeccionó la puerta: estaba cerrada. Escuchó pronto un chasquido de pasos y tierra. Giró hacia el otro lado, su linterna iluminó un viejo tocadiscos volteado sobre una silla de patas rotas. De momento la respiración se le cortó, el pulso elevó sus veces por minuto, y por su pecho sintió correr el ácido del temor a ser descubierto. Permaneció inmóvil por unos segundos, esperando que su corazón amansara y la respiración le cesara de ser dificultosa. Al cabo de un rato había conseguido apaciguarse el miedo. Entonces volvió hacia la puerta. ¡AH! Takeru gritó y dejó caer la linternilla. No hubo ruido de impacto, sólo la oscuridad inundó los recovecos de cada objeto olvidado. 

lunes, 26 de marzo de 2012

Pi, el orden de caos.


Al igual que otros directores de cine de arte, el bagaje fílmico de hecho por Darren Aronofsky es pequeño, comparado con las listas de los magnates de Hollywood como James Cameron. Así pues, es preciso denotar que una cosa es cantidad, y otra, muy distinta, calidad. Y Darren Aronofsky puede distinguirse del resto del mundo fílmico con su calidad infinitamente impresionante. Las generaciones jóvenes lo podemos identificar con películas como Réquiem por un sueño (EUA, 2000), El luchador (2008), y la que le valió una nominación al Óscar en la categoría de Mejor Director: Black Swan (2010). Pero antes de todo este glamur y reconocimiento –no por menos merecido–, llegara a su vida, Darren hubo de debutar unos años atrás con un filme que le devolvió vida al cine de suspenso y thriller. Pi, el orden del caos (1998), ópera prima de Aronofsky, cuenta la historia de Maximillian Cohen, un brillante matemático, que de niño sufrió una afección ocular a causa de mirar el disco solar varios minutos (razón por la que se editó, a manera de inmersión en los ojos del protagonista, a blanco y negro) y por lo cual, desarrolló migraña y excéntricamente, un carácter limítrofe con el estado autista. Su patológica timidez y su inconclusa paranoia lo orillaron, quizá, a otra afección psiquiátrica, un trastorno obsesivo con las matemáticas; porque Cohen consideraba, y luchaba por demostrarlo, que el universo en su totalidad podía ser explicado con una base matemática absoluta. La bolsa de valores se convierte así en su más cercana aproximación al cálculo y predicción de fenómenos que se rigen por los números. Todos los datos que considera fenómenos naturales-matemáticos, o los anota en periódicos gastados o en su ordenador gigante. He aquí que un día, la máquina le devela una serie de números que bien podrían sumar 216 dígitos.
216, 216, 216, 216...
Creyendo que tal comportamiento del ordenador podía solamente deberse a un error programático, tira la impresión y decide desembarazarse del asunto, que era, en primer plano, el comportamiento natural de la bolsa. Tan de súbito como son las coincidencias, los encuentros y los desvaríos en esto que se llama destino, el matemático ya se halla sumido en búsqueda del mismo dígito que una tarde desechó en la basura, pues para el grupo de judíos con el que congenió después, puede tratarse del nombre del mismísimo Dios; y por otra parte, para un grupo de economistas, es la clave para engendrar riqueza y poderío sobre el crudo mundo bursátil. 
Es una obra que se define por su magnífica fotografía que revive las técnicas de la ciencia ficción clásica, amoldada, por supuesto, a la visión detallista del director. Por los frescos rieles de su banda sonora corren, sin duda ni falsaría, las actuaciones de Sean Gullette y Mark Margolis. La compone una trama confusa, clarividente y a momentos, reveladora; y en otros, inspiradora. Es un batido de emociones truculentas, mentes distorsionadas, imágenes barridas y datos sinsentido; ingredientes vertidos en un bol que gira y gira, igual que el mundo: sin detenerse.

©MMXII

jueves, 15 de marzo de 2012

El sillón rojo - Segundo Capítulo


15 de Marzo del año 31 del reinado Rossieux-Rossemburg.

La vida se cubre de nubes, cae la lluvia, se alivia la congestión del sollozo: la vida sigue su interminable ciclo de lágrimas y risas, verdades y falsedades, altos y bajos, etcétera. Hay vidas, hay muertes, y nuevos nacimientos se apilan en cada hospital imperial. Es cierto. Uno muere, le sufren y todo, pero está muerto. Eso es algo que no se puede cambiar ni con un océano de puras lágrimas. Es difícil comprenderlo. Me pregunto cómo se aventuró la Dra. E. Kubler Ross en la difícil tarea de estudiar el duelo. Creo que sentirlo, en sí, ya es demasiado. Perder... ¿a quién le gusta perder? A nadie. ¿Por qué? Porque somos egoístas. Y somos egoístas porque somos humanos.
Hace dos años murió mi noble amigo Joseph Rossemburg en la madrugada. Para el medio día, su testamento ya había sido leído. “Quiero que me entierren lo antes posible, no expongan mi cadáver a las masas: si he muerto es porque a Dios se le apeteció darme un descanso, y sinceramente quiero descansar.” Así se hizo. A las 24 horas de su deceso, el ministro ya había sido incinerado, y sus restos reposaban bajo el altar mayor de la Catedral de Santa María. “Mi deseo más profundo para mi nación es que no permanezca más de unas horas sin Primer Ministro. Apenas pare mi corazón, pido a mi Vicario Imperial que convoque al Parlamento a deliberar la elección de otro mandatario, en nombre de Cristo y de nuestros nobilísimos reyes.”
—En torno a este asunto que ha dejado al Imperio en choque, el Vicario Imperial dará  unas palabras. En vivo desde La Casa de La Gubernatura:
—Buenos días...
Inicié  un discurso del que apenas me acuerdo. No eran mis palabras. No podían ser. Mi  amigo de guerra, colega, hermano, muerto. ¡MUERTO!
—...murió a las 6:43 de la madrugada en sus aposentos luego de una súbita falla multiorgánica. Aún se desconoce lo que desató dicho padecimiento.
Recordé su cara de agonía. Se le hacía tarde, abrí la habitación para levantarlo. Llegué  a la cabecera y toqué su frente. ¡Fría! Más fría que el hielo. Era un frío de muerte, una sensación que se me tatuó en la mano por varias semanas. Y luego sus ojos en blanco, su boca abierta, su respiración imperceptible.
— ¡Auxilio! —Grité— ¡Alguien ayúdeme!
Entonces recuperó la conciencia por unos segundos. ¿Sintió mi presencia? Quizá escuchó mis gritos. Me tomó por la camisa con su mano estremeciéndose por la muerte. Me miró con esos ojos de agua, de cielo: azules. Y dijo:
— Tan rápido, la luz... se ha apagado...
Expiró. Había alcanzado la luz, y ya su alma se elevaba hacia la eternidad con la parsimonia de su sonrisa tierna.
—... ¡Llamo al parlamento a reunirse el día de hoy en el Palacio del Imperio a deliberar el sucesor de Joseph Rossemburg, el traedor de la felicidad...”
Entramos todos los ministros de los estados y las regiones en la capilla central. Se contaron 319 asistentes. Como en el vaticano, en el cónclave, se cerrarían las puertas hasta la deliberación. Las campanas de la catedral anunciarían la buena nueva.
“—Monti
“—Monti
“—Monti
“—Monti
“—Gyllenhaal. Todavía no se ha alcanzado la mayoría de la audiencia —declaró el escrutador—. En dos horas habrá una nueva votación.”
Mientas la elección se decidía a puerta cerrada, el cuerpo de Joseph entraba en el crematorio, y su piel se convertía en polvo. Siguió la votación. Nada. En la tercera se perfiló Monti como siguiente Primer Ministro; su nombre acaparó el primer tercio. Luego:
“—Hindemburg
“—Hindemburg
“—Hindemburg
“—Hindemburg
“—Hindemburg
“—Hindemburg
“—Hindemburg
“—Hindemburg...”
Todos los ministros me miraron con esos ojos pueriles que uno hace cuando sabe que ha hecho algo que le cargará en la conciencia. El escrutador se levantó solemnemente de su escritorio, llegó a mi lugar en los asientos y dejó en el suelo, frente a mis pies, el báculo rojo.
— ¿Acepta el cargo que el Imperio le confía?
Miré a todos, incrédulo. ¿Yo? ¿Yo había sido electo, de entre mejores candidatos con brillantes carreras políticas? ¿Yo, el chico de provincia, que no llegaba ni a los treinta?
—Sí —musité—, acepto.
Entre tanto, en la quinta avenida, a la altura de la puerta Oeste del muelle de Argentis, mi mujer, embarazada de veinte semanas, perdía el control del Olimpia, se derrapaba hasta el borde de la calle y salía, volcándose entre los ramajes del bosque, y moría al instante, mi hijo también.
Sonaron las campanas de las catedrales de todo el Capitolio. De  inmediato se escribió la carta a los monarcas. “El noble ministro, Matthew Hindemburg, ha sido electo como Primer Ministro para representar a su nación ante ustedes monarcas, y ante el mundo, con orgullo y sinceridad y devoción...”
Salió el escrutador al balcón del Palacio y ondeó la bandera nacional. La gente, en la plaza agitó, confusa, también banderas de todas las regiones.
—Se ha deliberado, para la gloria del Imperio de Valencia, un nuevo primer ministro: ¡Matthew Hindemburg!
Otro jovencito, habrán dicho los conservadores. Un laborista, habrán pensado en los sindicatos. Un obrero, pensarían las amas de casa. Un inexperto, aseguraron los oponentes. Fuese como fuese, había dejado de ser un ministro... para ser el PRIMER MINISTRO.
Salí al balcón con el báculo Rojo entre las manos: lo extendí hacia la multitud. Entonces me llamaron del interior con urgencia. Había ocurrido una desgracia. La gente en la plaza se quedó pasmada al ver mi desaparición súbita. Salí del palacio sin autorización, ignoré a la muchedumbre que se acercaba por las calles. Trepé a un taxi. Las patrullas siguieron el carro. ¿Qué  pasa? Me preguntó el cochero. Nada, le respondí, siga avanzando... ha muerto mi esposa con mi hijo dentro de su vientre. El taxista bajó la velocidad y se giró para verme. Yo lloraba... ¿qué hombre no lloraría ante tal situación? “Lo siento”, me dijo. Le agradecí. “Lléveme al Alexander’s Hospital”.
Ahí estaba ella, sobre una camilla, en la morgue. Su cuerpo entero cubierto por una sábana verde, el color del luto. “Lo siento”, me dijo el encargado del pabellón.
Había muerto mi esposa y mi hijo. Un simple “lo siento” no aminoraba el terrible dolor que esgrimía mis entrañas con raudo calor ardiente.
Así es el destino, la vida, la realidad. Pasa. No se detiene a hacer contemplaciones. La realidad se define por la línea que divide la vida y la muerte. A ambos lados no queda más que el ser. O estar vivo, o muerto. Viendo la realidad que me echaba a los hombros la responsabilidad de cuarenta millones de ciudadanos, quiso alivianarme el peso, y por ello eliminó a las personas con quienes yo perdería el tiempo: mi esposa y mi hijo.
Pagué a una agencia para que se encargara de todo, el funeral, la cremación y los papeles judiciales. Salí del hospital y allí me interceptó la policía, me metieron en una patrulla y me volvieron al palacio. Debía rendir protesta: la reina Victoria y el rey Salvador estaban esperando... Un toque de sus manos santas y ya era, oficialmente, Primer Ministro de Valencia, Gobernador del Estado Rojo, Regidor de la Ciudad de Los Ángeles, Protector de la Comunidad de Naciones de los países de Auftorem y territorios anexados, y vocero de la Casa Real.
“Yo, Matthew Hindemburg, rindo ante ustedes, en esta plaza centenaria, sobre los santos evangelios y la carta imperial, y con el corazón en la mano, que defenderé a mi patria con la vida, y a la vida, con mi patria. Haré valer la declaración imperial de los derechos del hombre, y guardaré las tradiciones que se han salvado desde la fundación de este imperio, para que todo ciudadano valenciano viva en paz, amor y tranquilidad...”  

Pasan los años, los meses, las horas. La vida continúa aunque no estemos vivos porque ya la muerte ha sobrepasado. El destino es el destierro, y nuestro destierro, la existencia atada a nuestro ser en este mundo. Vivir cada segundo, como si fuera nuestro, es la máxima ilusión que nos da felicidad; así pues, disfrutémoslo, aunque, como ya he dicho, sea sólo eso, una ilusión, una quimera, un espejismo.

— ¿Matt? —Me pregunta Alex apenas entrando en mi dormitorio—, ¿estás bien?
— Sí —le respondo—, sólo escucho Eroica, de Beethoven... y escribo.
Sonrío. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

El sillón rojo - Primer capítulo.

14 de Marzo del año 31 del reinado Rossieux-Rossemburg.


***
¿Quién se da cuenta de la realidad? ¿La realidad se dará cuenta de que alguien se dio cuenta de ella? ¿Cambiaría la realidad si notáramos que está allí: afuera? Pienso que la realidad es eso: realidad. Y nadie se da cuenta de ella. Todo lo que pasa alrededor de nosotros está regido por unas leyes que no han sido escritas en la lengua humana; van más allá de todo entendimiento y se acercan a la cuna de lo divino. Por ejemplo, esta mujer que espera el autocar de pie bajo un puente peatonal no sabe que diez kilómetros atrás de la vía de la Carta Magna, ha ocurrido un grave incidente con múltiples heridos, dos muertos y una unidad de transporte sin reparo. Esta noche no llegará a casa a la hora que acordó con su novio. Sentados en un sillón de cuero comerían platos de ensalada, y en la televisión pasaría la serie médica de las 9:00 pm... después se irían a la cama y dormirían. Esta mujer ya se ha dado cuenta de que el autocar se retrasa; consulta  su reloj y suspira: su vaho se condensa en el ambiente fresco. Luego pasa un taxista a toda velocidad. Él  no sabe que el cliente que tenía que recoger a las 7:30 del Instituto Nacional de Cardiología ya se ha marchado con otro, pues ahora  ya el reloj marca las 7:54. Aquí, una jovencita de no más de 19 años baja con enfado las escaleras que llevan a la estación del tren. Ya ha remarcado once veces el número de su novio. Cuando salieron del cine, él túvose que marchar por unos pendientes muy importantes de la Universidad. Se dieron un beso. Ella quedó dolida. ¿a caso no la llevaría de vuelta a su casa? Se  indignó, pero no había otra salida. Bien ella sabía cuan  importantes eran los deberes de la universidad. Él le dijo que cuando estuviera ya en casa, le marcaría al móvil para decirle lo mucho que la amaba. La chica estuvo de acuerdo. Otro beso, y, cada uno por su cuenta, marcharon hacia su destino.
La jovencita marca la doceava vez. No responden la llamada. ¿Qué se ha creído este canalla? Ya se ha enojado. Tiene razón. No conoce la realidad, aunque esté allá  afuera. Y aunque la conociera, no tendría potestad alguna para alterarla. Como ya he dicho, la realidad está sometida a leyes que superan hasta el intelecto más intelectual... El chico ha caído en coma. Por la tarde no tomó su medicina para las convulsiones: era ese el asunto del que se tenía que encargar. Pero apenas llegó a la puerta de su casa,  en la calle Cherry, se desplomó bajo el umbral de la farola de la plaza y convulsionó por casi dos minutos.  “Serán los gatos”, dijo su madre al escuchar un aullido inhumano desgarrándose tras la puerta. “Iré a aventarles este periódico, a ver si así se largan de aquí”. Abrió la puerta, y la realidad se sucedió a sí misma. Ya todo estaba destinado. Y ellos, aunque vivían en la realidad, no la  conocían. Porque realidad sólo hay una. Pero nosotros, siempre necios, intolerantes a lo que no queremos, le hemos dividido en tres: presente, pasado y futuro. El presente hubo de ser, el pasado es presente evocado, y el futuro está escribiéndose hasta este punto en que termina el párrafo.
Voy retrasado. El taxi entra en la región 60. La llamaron “Univercia City” desde hace tres siglos; aunque en esa época, la región 60 ó “Univercia City” no era más que un boceto, dibujos que el fundador Ramón había delineado sobre pieles o esténcils de fibras vegetales como una simple herramienta de desahogo a su infinita (quiero suponer) imaginación. Quién iba a pensar hace tres siglos que ahora, este hombre que va retrasado (y en un taxi, arrebujado), iba a ser el hombre que erigiera la ciudad eterna, la ciudad quimérica, la ciudad de las fiebres, la ciudad siempre soñada: Univercia City: La ciudad del universo.
Llego a la puerta del número 2 de la avenida Galaxia. Por ahora este edificio de paredes de espejo, altísimo: un rascacielos moderno, guarda la cátedra del Primer Ministro.
Y ¿quién es el primer ministro?
Yo: Matthew Hindemburg, hijo de la dulcísima ama de casa Jeannette Hindemburg y del conductor de orquesta Marcus R. Blake. De éste último no supe que era mi padre hasta hace un año, tres semanas después de su súbito deceso en las vísperas de la fiesta del fin de la Guerra Roja. De  pronto tuve padre... y no sólo eso. También me llegó un hermano. De acuerdo: medio hermano. ¿Pero eso cambia las cosas? Yo creo que no. Su nombre es: Jake Hindemburg, y también se dedica a dirigir una orquesta. ¡Y qué orquesta! La Real Filarmónica toca a su bate. Según sé, mi hermano fue alumno de Marcus sin saber nunca que este hombre por el que sentía una afección inconclusa era en verdad su padre. ¿Entonces cómo nos enteramos? Luego de la muerte de Marcus R. Blake, Jake Hindemburg me envió un sobre amarillento que contenía varios folios hechos por la pluma de Marcus. En estos papeles el director de orquesta vertía párrafos como: “Me parece que lo he visto... en este vasto imperio nadie tiene unos ojos como los míos y los de mis hijos: color de un mar desnudo y vibrante...” Y otro que decía, “Sí, es él... Matthew es el hombre detrás de Joseph Rossemburg. ¿Se acordará de mí después de tantos años? ¿Sabrá que su padre vive?” Otro folio revelaba: “El día en que tenga a mis dos hermosos hijos otra vez delante de mí, sé que no podré lanzármeles así en un abrazo parsimonioso: por muy director de orquesta renombrado que sea, simplemente serán personas aparte. ¡Dios! Este es el peor castigo a mis aventuras, tú me lo has mostrado, y es tener al ser amado cerca, y no poder abrazarlo, Tener ganas de beber agua, verla en el manantial, y al agacharse para hundir las manos en cuña, todo es en realidad una visión amorfa. Perdón, Dios, perdón... Sólo déjame estar un día con ellos, tan sólo un día con ellos dos. Juntos.”
El último folio estaba fechado con el día que precedió a su muerte. Nunca, nunca nos vio juntos. (¿No llegó el perdón?) Yo apenas conversé con él después del estreno de El lago de los Cisnes. Hube de notar en los  ojos del conductor cierto entusiasmo, pero nada fuera de lo común. Según mi madre, mi padre jamás había existido. Pero vaya que existió.   
Ya lo creo... es un tema muy extenso del que valdrá la pena, otro día, de revisar con más calma.
Entro en el edificio y subo hasta la oficina, en el último piso. Antes de abrir la puerta, recargo la oreja en ella y escucho los murmullos sórdidos de mis colegas. Deben estar ardiendo en preguntas. ¿Dónde estuve? ¿Por qué no avisé a dónde iba? ¿Qué hay del mensaje conmemorativo? Dónde esto, dónde lo otro, esto qué, eso allá, etcétera.
Entro y voy repasando las caras de estos colegas míos.
Al fondo, sentado en el borde de mi escritorio de ébano, está Joseph Williams. Todos le decimos Joe. ¿Qué hace él? Pues sencillamente se encarga de tirarme de la cama para que siga siendo el primer ministro. Es, en palabras de ujier, el Vicario Imperial. Y su función más importante es la de ayudarme a llevar el cargo lo mejor posible.
— ¿Dónde demonios te habías metido? —Me dice, levantándose de su puesto—. Te hemos buscado todo el puto día.
¿Lo ven? Sabía que esa sería su forma de reaccionar. Siempre lo es. Y lo compadezco. Si me pasara algo, él tendría que responder sobre mi cadáver, y en seguida, llamar al parlamento a deliberar un nuevo primer ministro. Se lee muy fácil... ¡jo! Es jodidamente complicado.
En mi sillón rojo, que uso a menudo para dormir, está sentado Edward Wyzecki, Portavoz de la sala de la Gubernatura. A mi parecer, su título explica su hacer: llevar los mensajes del Primer Ministro al mundo. Como su novio ya lo ha hecho, se siente ahora en la facultad de hacer lo mismo. ¡Dispara!
 — No le dijo a nadie a dónde fue... simplemente ¡desapareció!
Se levanta entonces, del asiento de madera, mi hermano. Jake Hindemburg. Su cabello rubio y liso ya le llega hasta los hombros. Me mira con insistencia, pero al final no dice nada. De pronto, de la puerta contigua salen dos muchachos. ¡Qué alegría! Son mi hijo adoptivo: Alexander Aang Von Hindemburg —Es extranjero—, y su amigo —hijo adoptivo  de  Joe y Edward—: Jason Lewis, huérfano de padre y madre hace dos años por un atentado terrorista.
— Finalmente llega —suelta Alex—, se los dije, ¿qué no?
Alex, joven de 16 años fue primeramente hijo adoptivo de Joseph Rossemburg, pero a su muerte hace dos años, la custodia pasó a ser mía. ¿Razón? Aún la desconozco. Quizá porque entonces yo era el Vicario Imperial y él el Primer Ministro. Pero ya no... Ha pasado la realidad, llevándose un pasado y un presente.
—Alex insistió en que estaba bien... —dijo de pronto Jason—, lo estuvo repitiendo a cada rato...
Sus padres, Joe y Ed lo miraron inquisitivamente.
—Hombrecito —replicó Edward—, sé que te falta un año para la mayoría de edad... no quieras pasarte de listo, que aquí la cosa es con su excelencia.
— ¡Jo! —dejó salir Jake.
— ¿Dónde estuviste todo este tiempo? —me preguntó otra vez Edward.
— Afuera —respondí, luego entré en la sala y me senté a un lado de Joe. No lo miré: me estudié las uñas, mordisquee una. Los demás me seguían mirando. ¿Tendría monos pintados en la cara?
—Voy a repetirlo otra vez —sentenció Edward—. ¿Dó...?
— ¡Déjalo ya! —interrumpió Jake, dándose la vuelta hacia los dormitorios con una sonrisa burlona en el rostro.
—Hoy se cumplen dos años de la muerte de Joseph Rossemburg —empezó Joe. De rebato sentí cómo se me crispaban las neuronas. Salté, sin control, de mi asiento y me dirigí hacia los ventanales del sur. Por la calle pasaba un convoy de ambulancias.
— ¿Ministro? —inquirió Edward.
Ya era suficiente.
— ¡Qué-demonios-quieren? —Exclamé—, ¡ya sé qué fecha es hoy! Es imposible  que la haya olvidado.
— ¿Entonces dónde estuvo? —insistió Edward a gritos.
—En este lugar llamado “soledad” —respondí—, deberías ir allí de vez en cuando a calmar tus pensamientos.
— ¡Qué dice!
—Lo que digo —espeté tratando a conciencia endulzar mi tono—, es que estuve sólo... todo el día he estado sólo. ¿En qué lugar? Eso es algo que no les incumbe. Si hoy es el aniversario de Joseph El Grande, El traedor de Felicidad, eso ya lo sé... No es para mí igual de fácil honrar su muerte como ustedes lo hacen... ¡porque ustedes no lo conocieron nunca! Pero yo sí. Lo conocí, fue mi amigo por años. Durante la guerra fuimos hermanos. Y de pronto murió. ¿De qué? Ni los mejores médicos lo saben.
—Matt... —dijo Joe tratando de apaciguarme.
— ¡No! —exclamé—. Para el imperio la figura de Joseph Rossemburg es la de un libertador, la de un General San Martín o la de un Napoleón, o algo por el estilo; el héroe histórico que quieran. No... Para mí no fue eso. Para mí fue un hermano... un hermano que estuvo allí para defenderme... para enseñarme... para construirme... Y saber que ya no está para eso me rompe el alma. ¿Qué no lo ven?

martes, 28 de febrero de 2012

Buenas noches, señor fantasma...


El fantasma... sí: el fantasma; este ser espectral e invisible, causa de espantos y desmayos, de mitos y leyendas, y de un desarrollo impresionante de la literatura inglesa, en donde su ícono aterrador es tomado por muchos autores: A. C. Doyle, Mary Elizabeth Wilkins Freeman, Amelia B. Edwards, H.G. Wells, William Wymark Jacobs, y por supuesto, Oscar Wilde; sin embargo, este último, dublinés de nacimiento y esteta hasta su muerte, no abordó el espectro del fantasma como los otros escritores; es decir, no quiso temerle y aullar ante su presencia, sino tomarlo como un referente de lo antiguo, saludarlo  como a un buen vecino y hasta jugar con él... así se concibió “El Fantasma de Canterville”, un cuento publicado en 1887, años en los que en autor comenzaba a rozar los linderos de su apogeo, el cual, a toda plenitud, llegaría en 1891, fecha de publicación de “El Retrato de Dorian Gray”; pero vamos, esto ya es divagar en la historia...
Concretamente, El Fantasma de Canterville es un cuento sencillo que narra la llegada de una familia de la aristocracia norteamericana a la Inglaterra victoriana. Hiriam B. Otis, padre de familia, hubo comprado a Lord Canterville su castillo del que huye, presa del temor al fantasma que ronda la casa y del cual, advierte a su comprador. 
“Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa honradez, se creyó en el deber de participárselo al señor Otis cuando llegaron a discutir las condiciones.”
Ningún caso hace Mr. Otis a los avisos de lord Canterville y más temprano que tarde se va a vivir al susodicho lugar en compañía de su esposa, Mrs. Otis, mujer tan insulsa como lo es su cabello rubio; Washington, hijo de las astutas predilecciones de Norteamérica; Virginia, doncella tan pura y clara como una aurora de cielo cristalino; y los gemelos, Franjas y Estrellas... ¿el qué?, ¡qué más da!; ellos, la parte cómica del bagaje de personajes son el reflejo del nacionalismo americano consistente en burlar lo vetusto. Cosa interesante, el Castillo, como todo lo que en su interior yace, es tan viejo que incontables son las leyendas propiciadas por el fantasma en el discurrir de tres siglos aterrados.
 “Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su propio marido, Simón de Canterville, en mil quinientos sesenta y cinco.”
Simón de Canterville desapareció en circunstancias desconocidas. De lo que se recuerda por aquellos años, es que el fantasma comenzó a rondar por las estancias y pasillos del castillo. Y como habría de suponerse, Simón de Canterville, por matar a su esposa, estaba condenado a no dormir ni comer ya nunca jamás. Como todo un fantasma, su deber era espantar, y con loables éxitos infartó a dos que tres lores, he de suponer, por tres siglos. Ya que llegaban los Otis se preparó con grilletes y voz de ultratumba. Tristemente no los espantó, a la hora de la treta, sino molestó y hastió a toda la familia. Y bien sabía él que en la concepción de espantar y molestar había mucha diferencia. Si no espantaba ya, ¿qué caso tenía ser un fantasma? La ley de la vida cuenta que todo llega a su fin, y esta sentencia supuso que algún día los grilletes de Simón, el fantasma, fueran a descansar en otra parte,  ya sin hacer ruido. Así fue...
“-Mi distinguido señor -dijo el señor Otis-, permítame que le ruegue vivamente que se engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella de "Engrasador Tammany-Sol-Levante". Dicen que una sola untura es eficacísima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros agoreros nativos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a dejársela aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en proporcionarle más, si así lo desea.”
Indignado y triste, y al mismo tiempo, harto y vengativo, insistió en recrear sus mejores hazañas de espanto. Ninguna daba resultado. Todo le salía mal. Aquella familia estadounidense no tenía la sensibilidad para asustarse. Tenían por un simple ornato al fantasma, a quien hubieran podido llevar a espectáculos y ganar cientos de dólares por ello. Sintiéndose abatido y preguntándose de qué habían servido todos esos años de perfeccionar y perfeccionar sus espantos y trucos de artimaña si, ahora, nadie gritaría, ni se pondría pálido ni brincaría entre pesadillas, traumado por el jinete sin cabeza o el panteonero de la pala. Sintióse como una basura, y como tal, fue a refugiarse en su bodega. 
Y de pronto asomó por un recoveco la luz. Estaba el fantasma terriblemente abatido. Así lo encontró Virginia, la bella y noble, y se compadeció de él... hablaron sobre lo difícil de no dormir ni comer, de lo malo que fue el homicidio de su esposa, de que Dios lo había castigado, y que para morir, y descansar, tenía que perdonarlo. Luego se disculpó Virginia por su familia insensata.
El pecador merece su redención, y el fantasma era un pecador, sin duda alguna. Los hermanos de su esposa lo habían recluido en una bodega; la luz del sol jamás tocaría sus pupilas otra vez. Sólo la intercesión de un alma pura, llena de amor y bondad podría ayudarle a llegar al jardín de la muerte... y dormir eternamente: descansar del pesar de varios siglos a duermevela. Sólo el amor era más fuerte que la vida y la muerte. 

“-¡Caramba! -exclamó de pronto uno de los gemelos, que había ido a mirar por la ventanita, queriendo adivinar de qué lado del edificio caía aquella habitación-¡Caramba! El antiguo almendro, que estaba seco, ha florecido. Se ven admirablemente las hojas a la luz de la luna.
“-¡Dios lo ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico resplandor parecía iluminar su rostro.”
El Fantasma de Canterville, una historia que no sorprende por su sencillez, sino por su profunda evocación de lo hermoso y lo bello. Una crítica que se adhiere a los contornos del choque de dos culturas contrapuestas. En un lado, Inglaterra y del otro, América. La insensibilidad de los estadounidenses, su materialismo insistido y la marca profunda de renegar de lo vetusto e histórico: lo solemnemente guardado por las costumbres y modales se velan tras los rostros de la familia Otis. Pero no es sólo esto, como he insistido, sino también este detalle delicado que nos dice que el amor es universal, y que tiene una fuerza aún más poderosa que la muerte, y si domina la muerte, domina también a la vida. He aquí la convicción juvenil de Oscar Wilde que hubo de marcar toda su obra, a la par de lo hermoso y estético. Es claro por qué este cuento es considerado un pilar fundamental a la hora de estudiar no sólo la literatura inglesa, ni la universal, sino la sencillez de comprender la hermosura de lo hermosamente humano. 


Oscar Wilde (2006). El fantasma de Canterville y otros cuentos. Bogotá: Editorial Norma.

lunes, 27 de febrero de 2012

Electroabrazograma.

Hug-me pillow
Humana, la plantilla que toma tu deseo
cuando mi voz se pierde tras el roce
de aquellas insinuaciones de hielo
que congelan nuestras mentes
bien queridas por un beso
que nunca existió.

Severa, la mano que ahoga mi abrazo
atinado en tu vientre solaceo
cuando tu calor es ido
por una imagen
benévola.

Triste, la distancia que nos parte
tras la promesa de hallarnos
abrigados con el calor y
fuego de nuestra piel
que se atrae,
sin duda.

Insulsa, la risa que brota de tu
garganta atropellada dos, tres
veces en una misma plática
sin sabor ni dulzura,
esta dulzura que
deseo poseer
una noche.

Taciturna, la forma en que tus
brazos abren y cierran
como si una flor
solar fuera?

Presa, la palabra del corazón tuyo que
quiere ser exprimido hasta el
hastío eterno; hemorragia
de semillas candentes
y procreadoras;
tu vida.
                       
Inodora, tu piel de cera, plástica
y, tan efímera como ardiente que
lástima me da el desperdiciar
tu polvo de estrellas que
dejas al pasar, como
un fantasma blanco
de hospital.

Heme aquí, suerte cruel e inhumana.
¿estás viva o estás muerta?
Te estoy hablando, y tú
no contestas... dime
¿Por qué no lo
Haces jamás?

¿Por qué aturdes mi visión defectuosa?
¿Por qué aturdes mi ser?
¿Por qué aturdes mi
vida acaecida en
una vil y triste
catacumba
sola
y
a
b
a
n
d
o
n
a
d
a
¿

Escurre mi esperanza hasta tu sentir;
                                    la rechazas... acaso será... será
                                                                     que tu tampoco ti-ti-tienes
                                                                                               un corazón de sangre?

—No

Yo tampoco.
Ahora ya
no...