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miércoles, 8 de mayo de 2013

Yo y el texto y Noche de Califas.

          Por José Bermúdez Hindemburg
Acá una usuaria responde en Yahoo Answers que la palabra Califa equivale a caliente, calenturiento, en un sentido vulgar; otra dice que lo lea de arriba para abajo, no entiendo; otro usuario, esta vez un hombre explica que en la Ciudad de México se le dice Califa a la persona que pasa en los arrabales, bailando danzón y grupera en el California Dancing Club, por el metro Portales; ahora, en la Mejor Respuesta (elegida por quien preguntó) se lee un tal Albert que presenta primeramente su oriundez orgullosamente chilanga, y a continuación, iguala la palabra Califa con padrote, el que mueve a las prostitutas, y agrega con erudición que el término comenzó a ser utilizado allá por los cincuentas, sesentas. Y remata: “Tengo el libro Noche de Califas de Armando Ramírez y ¡está buenísimo! te lo recomiendo.”

Me planté frente a la computadora desde noche y ya amanece. Tengo el tiempo corto para entregar un análisis de la novela “Noche de Califas” de Armando Ramírez, y todavía no hallo por dónde empezar. He cavilado en quizá iniciar con una cita que deje perplejo al que la lea y lo distraiga de lo pésimo que es mi abordaje, o quizá transcribiendo un párrafo de la obra y así, sienta que Armando Ramírez me lleva de la manita a estudiar su texto. Intento ambas cosas y resulta todavía más pésimo mi abordaje, así que opto por seguir buscando información sobre el libro: alguna reseña, alguna crítica del libro, biografías o semblanzas del autor; dónde estudió, cómo fue que publicó, qué semejanzas tiene con otros libros, y lo más importante: por qué en lo vasta que es la internet, apenas aparece su nombre asociado a la novela que yo intento diseccionar para estudiar mejor. Uno que otro articulillo aparece ahí, y lo guardo; no es material del que pueda aprovechar alguna cita, simplemente se me hace interesante y ahí va: a pestaña de marcadores. ¿Qué más? Que leí que a la obra la adaptaron a teatro (independiente y de compañía) cosechando éxito entre los espectadores. ¿Y ya? Así es, no hay información suficiente, no hay reseñas por doquier como yo me lo esperaba, no hay críticas que logren orientarme en una buena dirección de abordar el análisis narrativo de la novela. Es cierto lo que leí en esa página que mandé a marcadores —y que soy tan holgazán que no pienso buscarla en la carpeta del explorador— que decía, más o menos, que Armando Ramírez era un escritor que había sido relegado a los escaparates más modestos, a la editorial que no le ha rendido homenaje en honor de cumplir tantos años de haber debutado en el campo literario, e incluso, rumoraba que ciertos eruditos, letrados y demás personillas de guante y puro, despreciaban, repugnaban su literatura, y aun más, veían con malos ojos a las personas que insistieran en leer a ese... impuro. Al leer esto no supe si estar de acuerdo o en desacuerdo. Sin duda Noche de Califas aborda una temática que puede ser impura o detestable para los dogmas que como que quieren ser fehacientes en la moral colectiva: la prostitución, el sexo promiscuo y la noche de antro, pero eso sólo aplica en esta realidad, aquí donde todos vivimos y nos movemos y platicamos, etc., mas no en la ficción. Pienso, en los libros es otra cosa, en los libros y en la imaginación es-otra-cosa. Aquí no entran cánones que digan que tal cosa debe ser llevada así o asá, o que los temas deben limitarse a unos cuantos. Bien hizo Armando Ramírez el declarar alguna vez a la prensa que debemos recuperar esa necesidad de contar historias tal y como nuestros abuelitos hacían cuando nos sentaban sobre sus muslos y divagaban sobre historias los llanos amplios de su imaginación y experiencia. Creo que fue exactamente esa evocación del cuentacuentos lo que instó a Armando Ramírez llorar una historia —como denomina Kevin Brooks el hecho de narrar— tan visualmente conmovedora y la llamara Noche de Califas —novela publicada por primera vez en 1982 por la editorial Grijalbo—, pues bien, apenas entrado en la lectura de las primeras páginas, una enérgica descripción de cuán terrible puede ser contener por mucho tiempo algo que propugna ser contado, sea para aplacar el ansia, o mirar ya desde lejos lo sucedido, demuestra que a pesar de lo que sea, de las implicaciones narrativas o de la remembranzas personales, el cuentacuentos siempre se sale, y se saldrá con la suya.
La novela inicia con un prólogo y un epílogo que no son marcados como tal, pero que constituyen desde la primera línea una construcción de cómo fue la cadena de implicación en la historia, y de cómo fue que acabó todo de una manera sórdida e imprevisible. Está Sugi, narrador en segunda persona indicativo, quien se sienta frente a su Olivetti y trata de hacer brotar de su recuerdo aquella Noche de Califas que marcada al rojo vivo está en su sentir. No pasa mucho tiempo cuando por fin las palabras comienzan a llenar las hojas blancas, las hojas blancas se convierten en ventanas como sus ojos, y a sus ojos se sublevan los recuerdos que, Sugi sabe bien, pudieron haber ocurrido de otra manera.
Y tú estás frente a esta máquina hundiéndole los dedos, afanándote por recordar todo tal cual; aunque íntimamente sabes que te estás traicionando porque nunca vas a saber a ciencia cierta si así sucedió. Pero qué le vas a hacer si ya no puedes aguantar más estas ganas inauditas por decirlo a alguien más que a tus amigos, porque, a lo mejor, es una forma de deshacerte de esta obsesión, de estos fantasmas que en tus sueños se aparecen y te persiguen arrojándote a las calles solitarias...[1]
Y es que la realidad se reinventa al ser narrada, y el que escribe debe saberse atenido a esa ley si quiere que el momento a ser escrito se rinda y se plasme solito con palabras en una historia. Armando Ramírez no es el único que ha logrado presentar ese precepto en su narrativa. Tomás Eloy Martínez también concibió que su tarea de escribir la historia de Eva Perón en sus últimos días —y del éxodo que sufrió su cadáver resuelto en no dejarse enterrar si no era de la mejor manera— iba a estar infranqueablemente limitada por la realidad porque “todo relato es por definición, infiel. La realidad, como ya dije, no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo”[2], porque en parte porque el escritor “es güevon [...] y en parte porque le gusta imaginarse las cosas.”[3]
A medida que avanza Sugi en la reconstrucción de la historia, de la que se aleja magistralmente narrándola en segunda persona, como hizo Carlos Fuentes en Aura, vamos viendo nosotros a través de sus ojos no solo la noche aquella, —como bien dijeran los Ángeles Negros— de debut y despedida, en la que Sugi y la Muñeca escoltaron al califa más respetado en el bísnes de la prostitución al lugar encendido por el calor de la feromona y el aroma ondulante a sexo, donde en un ir y venir de analepsis y prolepsis como destellos cegadores de una escena a otra, Macho, el Califa Mayor, llega al límite desesperado de saberse enamoradamente obsesionado por una mujer que fue echada a volar antes de tiempo como una paloma —causándole la muerte— a manos del Conde (otro padrote de menos presencia), hombre de medio talante a quien el Macho ama y odia al mismo tiempo.
Sugi lo sabe. Lo sabe ahora que lo escribe, y se da cuenta de que siempre supo que en el ambiente se sentían vibraciones que apercibían un funesto desenlace para el final de la noche. ¿Pero qué hizo? Nada. Simplemente se plantó a un lado del Macho para notarse que andaba con gente de arriba, con gente importante en el arrabal lodoso de la Merced; y dejó que la noche siguiera con la orquesta al frente del escenario, las iluminación que ciega las sombras del miedo y la cursilería —por considerárseles aciagos sentimientos en un lugar como aquél—, se sucedieron las pláticas, los encuentros, los choques de miradas llenas de rencor y amor entre el Conde y el Macho... Entonces que uno se planta, y el otro que le sigue el juego. El uno y el otro ya bien sabían que esa era Noche de Califas, y que la única forma de terminar el juego no era con calentaditas ni castigos: un error de Califa costaba la vida, ni más, ni menos. Así era aquello, sólo que en este caso, el error había sido de los dos. ¿Entonces habrían de morir los dos? En cierta forma sí, pero cada quien pagando lo que más le valía. El espectáculo épico, ya de pie los dos, con sus navajas empuñadas y la idea de que todo terminaría ahí; se dio el duelo por la venganza y el honor. Porque dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio.
Un bolero ya de edad grande me miró y me dijo señalando a ese hombre: “ese, así como lo  ve, fue un padrote; dicen que el mejor de La Merced. Galán, califa mayor; no’mbre, ni migajas quedan. Dicen que recibió un castigo divino; que se volvió loco por una mujer...[4]
Lo que más impresiona de la obra es un interesantísimo factor de estudio: El lenguaje de la narrativa se presenta como una aproximación al habla común de los oriundos del Barrio Bravo, es decir, es obsceno, perspicaz y terriblemente directo; no se anda con rodeos: las cosas se dicen sin más, sin importar que vengan ya de una mujer o de un hombre. En cierta parte, que es un diálogo entre dos figuras de remembranza femenina, palabras de tórrida alusión de acento sexual se hacen presentes:
Macho lo vio, me agarró por la cintura y le dijo: Mi vieja... Conde siguió riendo, se sacudió las nalgas y los tres comenzamos a caminar. Ese día me dieron una cogida entre los dos, pocas veces he disfrutado de dos hombres juntos como esa vez, era como si fueran uno[5] 
Desde la lejanía de un ambiente claustral en cualquier otro espacio, la cita anterior puede sonar impertinente y con buena carga de sentido vulgar, pero desde el interior de las páginas no puede más que exaltar el amor y representarlo en la compartición del bien carnal: una comunión entre el padre que enseña a su hijo a seguir las artes del placer.
Armando Ramírez, originario del Barrio Bravo, supo como sumergir al lector en su historia más con la herramienta de utilizar el lenguaje hablado en aquel lugar, que con las descripciones de los escenarios y de las calles, hace que el imaginario del lector aprenda a colocar cada pieza narrativa en su lugar, y hacer converger muchas historias e imágenes en una sola, donde no hay desenlaces cerrados, ni certezas absolutas. Donde la vida continuó porque así es la vida, siempre continúa... no tiene finales.

Una rápida revisión al texto: ortografía y demás.
Creo que he terminado.
El libro me gustó.
Lo recomiendo.



[1] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 10, 11.
[2] Eloy Martínez, Tomás, Santa Evita, México, 1995, Editorial Planeta, pp. 96.
[3] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 8.
[4]Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 103, 54
[5] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 54.

martes, 28 de febrero de 2012

Buenas noches, señor fantasma...


El fantasma... sí: el fantasma; este ser espectral e invisible, causa de espantos y desmayos, de mitos y leyendas, y de un desarrollo impresionante de la literatura inglesa, en donde su ícono aterrador es tomado por muchos autores: A. C. Doyle, Mary Elizabeth Wilkins Freeman, Amelia B. Edwards, H.G. Wells, William Wymark Jacobs, y por supuesto, Oscar Wilde; sin embargo, este último, dublinés de nacimiento y esteta hasta su muerte, no abordó el espectro del fantasma como los otros escritores; es decir, no quiso temerle y aullar ante su presencia, sino tomarlo como un referente de lo antiguo, saludarlo  como a un buen vecino y hasta jugar con él... así se concibió “El Fantasma de Canterville”, un cuento publicado en 1887, años en los que en autor comenzaba a rozar los linderos de su apogeo, el cual, a toda plenitud, llegaría en 1891, fecha de publicación de “El Retrato de Dorian Gray”; pero vamos, esto ya es divagar en la historia...
Concretamente, El Fantasma de Canterville es un cuento sencillo que narra la llegada de una familia de la aristocracia norteamericana a la Inglaterra victoriana. Hiriam B. Otis, padre de familia, hubo comprado a Lord Canterville su castillo del que huye, presa del temor al fantasma que ronda la casa y del cual, advierte a su comprador. 
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa honradez, se creyó en el deber de participárselo al señor Otis cuando llegaron a discutir las condiciones.”
Ningún caso hace Mr. Otis a los avisos de lord Canterville y más temprano que tarde se va a vivir al susodicho lugar en compañía de su esposa, Mrs. Otis, mujer tan insulsa como lo es su cabello rubio; Washington, hijo de las astutas predilecciones de Norteamérica; Virginia, doncella tan pura y clara como una aurora de cielo cristalino; y los gemelos, Franjas y Estrellas... ¿el qué?, ¡qué más da!; ellos, la parte cómica del bagaje de personajes son el reflejo del nacionalismo americano consistente en burlar lo vetusto. Cosa interesante, el Castillo, como todo lo que en su interior yace, es tan viejo que incontables son las leyendas propiciadas por el fantasma en el discurrir de tres siglos aterrados.
 “Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su propio marido, Simón de Canterville, en mil quinientos sesenta y cinco.”
Simón de Canterville desapareció en circunstancias desconocidas. De lo que se recuerda por aquellos años, es que el fantasma comenzó a rondar por las estancias y pasillos del castillo. Y como habría de suponerse, Simón de Canterville, por matar a su esposa, estaba condenado a no dormir ni comer ya nunca jamás. Como todo un fantasma, su deber era espantar, y con loables éxitos infartó a dos que tres lores, he de suponer, por tres siglos. Ya que llegaban los Otis se preparó con grilletes y voz de ultratumba. Tristemente no los espantó, a la hora de la treta, sino molestó y hastió a toda la familia. Y bien sabía él que en la concepción de espantar y molestar había mucha diferencia. Si no espantaba ya, ¿qué caso tenía ser un fantasma? La ley de la vida cuenta que todo llega a su fin, y esta sentencia supuso que algún día los grilletes de Simón, el fantasma, fueran a descansar en otra parte,  ya sin hacer ruido. Así fue...
“-Mi distinguido señor -dijo el señor Otis-, permítame que le ruegue vivamente que se engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella de "Engrasador Tammany-Sol-Levante". Dicen que una sola untura es eficacísima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros agoreros nativos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a dejársela aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en proporcionarle más, si así lo desea.”
Indignado y triste, y al mismo tiempo, harto y vengativo, insistió en recrear sus mejores hazañas de espanto. Ninguna daba resultado. Todo le salía mal. Aquella familia estadounidense no tenía la sensibilidad para asustarse. Tenían por un simple ornato al fantasma, a quien hubieran podido llevar a espectáculos y ganar cientos de dólares por ello. Sintiéndose abatido y preguntándose de qué habían servido todos esos años de perfeccionar y perfeccionar sus espantos y trucos de artimaña si, ahora, nadie gritaría, ni se pondría pálido ni brincaría entre pesadillas, traumado por el jinete sin cabeza o el panteonero de la pala. Sintióse como una basura, y como tal, fue a refugiarse en su bodega. 
Y de pronto asomó por un recoveco la luz. Estaba el fantasma terriblemente abatido. Así lo encontró Virginia, la bella y noble, y se compadeció de él... hablaron sobre lo difícil de no dormir ni comer, de lo malo que fue el homicidio de su esposa, de que Dios lo había castigado, y que para morir, y descansar, tenía que perdonarlo. Luego se disculpó Virginia por su familia insensata.
El pecador merece su redención, y el fantasma era un pecador, sin duda alguna. Los hermanos de su esposa lo habían recluido en una bodega; la luz del sol jamás tocaría sus pupilas otra vez. Sólo la intercesión de un alma pura, llena de amor y bondad podría ayudarle a llegar al jardín de la muerte... y dormir eternamente: descansar del pesar de varios siglos a duermevela. Sólo el amor era más fuerte que la vida y la muerte. 

“-¡Caramba! -exclamó de pronto uno de los gemelos, que había ido a mirar por la ventanita, queriendo adivinar de qué lado del edificio caía aquella habitación-¡Caramba! El antiguo almendro, que estaba seco, ha florecido. Se ven admirablemente las hojas a la luz de la luna.
“-¡Dios lo ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico resplandor parecía iluminar su rostro.”
El Fantasma de Canterville, una historia que no sorprende por su sencillez, sino por su profunda evocación de lo hermoso y lo bello. Una crítica que se adhiere a los contornos del choque de dos culturas contrapuestas. En un lado, Inglaterra y del otro, América. La insensibilidad de los estadounidenses, su materialismo insistido y la marca profunda de renegar de lo vetusto e histórico: lo solemnemente guardado por las costumbres y modales se velan tras los rostros de la familia Otis. Pero no es sólo esto, como he insistido, sino también este detalle delicado que nos dice que el amor es universal, y que tiene una fuerza aún más poderosa que la muerte, y si domina la muerte, domina también a la vida. He aquí la convicción juvenil de Oscar Wilde que hubo de marcar toda su obra, a la par de lo hermoso y estético. Es claro por qué este cuento es considerado un pilar fundamental a la hora de estudiar no sólo la literatura inglesa, ni la universal, sino la sencillez de comprender la hermosura de lo hermosamente humano. 


Oscar Wilde (2006). El fantasma de Canterville y otros cuentos. Bogotá: Editorial Norma.

lunes, 23 de enero de 2012

En tiempos turbulentos, la magia es la única respuesta.


"Nunca despiertes a un dragón dormido"
Ya estaba “entrado en años” o “algo grandecito” cuando leí por primera vez un libro de Harry Potter. Cursaba, por entonces, el segundo año del bachillerato junto con mi amiga Luz, quien mucho antes que yo, ya había conocido al chico de la cicatriz con forma de rayo en la frente y a sus dos amigos (Ron y Hermione), los cuales, curiosamente, al igual que nosotros dos, se la pasaban discutiendo “inocentemente”. 
En una de estas discusiones salió a flote el tema de los libros de Harry Potter. Dos segundos de charla y yo ya mostraba mi más reverendo y solemne escepticismo ante la franquicia, no solo de libros, sino de películas y farándula. Lo triste del caso era que yo jamás había hojeado, siquiera, alguno de los tomos. “Sí, sí, Luz, lo que digas, lo-que-digas...”
Diferentes cubiertas del HP y la Piedra Filosofal
Llegué a mi casa y de súbito apareció en mi mente la idea de un niño que recibe una carta en la que es informado de que es un mago: Harry Potter... Tomé el ordenador y busqué el libro 1 en formato digital. Al encontrarlo lo descargué y lo metí en un aparato (así, tipo Kindle pero en chafamex) para comenzar a leerlo y una vez que leí la primera página no pude detenerme hasta llegar al final en donde me sentí recogido en una paz absoluta, delicada y sobrecogedora. Sentía que había visitado realmente Hogwarts, y que había andado detrás de Harry, Ron y Hermione por los pasillos, además de haber volado en escoba durante un partido de quidditch y de haber sido fulminado por la fría y bestial mirada de Lord Voldemort.  
Aquella noche me costó trabajo dormir. ¿Qué pasaría en el siguiente libro? Sabía que existían siete libros publicados. Sin duda, al día siguiente, descargaría el libro dos en mi aparatito para leerlo apenas tuviera un rato de tiempo libre. ¿Qué creen? No llegó el tiempo libre, no tenía, estaba en la mitad de un semestre y los trabajos llovían por todas partes, sin embargo, el misterio que guardaba La Cámara Secreta fue mucho mayor a mi sentido (dizque) de responsabilidad, y terminé, así, leyendo los siete libros de J.K. Rowling en un tiempo aproximado de seis semanas. Un récord personal.
“Sí, Luz, sí, Harry Potter esto, Harry Potter lo otro, ¿te imaginas a Harry Potter?”
En este caso, la que quizá se hartó de escucharme hablar a todo momento del niño mago fue mi amiga Luz, quien frenó mi obsesión con este personaje cuando yo ya estaba totalmente decidido en comprar un par (obviamente en mercado libre) de varitas mágicas como las que vendía Ollivander.
“Sí, Luz, es que el envío sale más barato y yo quiero la mía”, le dije.
“No, cómo crees, eso ya es mucho”, me replicó.
“Anda, así cuando seas grande, la verás y recordarás...”, insistí.  
“¡No!, pena me va a dar... cuando la vea”, concluyó.
Desde entonces quedó marcada en mi mente la bella historia de Harry Potter, y a esta, la llevaré siempre en un lugar muy especial dentro de mí.
*   *   *
"Sólo la imaginación puede atravesar el andén
9 3/4"
Ya pasaron dos años desde que conocí al niño que vivió, y hace dos semanas, de pronto sentí la necesidad de releer esos libros, y ahora sí, como buen ciudadano, compré el primero: Harry Potter y La Piedra Filosofal, de J. K. Rowling.
Antes mencioné que los libros de Harry Potter ocupan un lugar muy especial dentro de mí, o que son obras a las que quiero mucho. ¿Cuál es la razón?... Bueno, una de estas es que, para mí, aspirante a escritor, es una muestra de lo que la perseverancia es, puesto que Rowling, habiendo finalizado el primer libro después de cinco años desde que la idea se le vino a la mente, en un viaje en tren, siguió adelante con su anhelo de que Harry Potter viera la luz de los estantes, tocando puertas y buscando agentes literarios a pesar de que doce editoriales ya habían rechazado el manuscrito. Después de un largo camino de insistir e insistir, en 1996, la editorial  Bloomsbury Publishing resolvió publicar el libro.

Pero... ¿de qué trata el primer libro?
La trama es sencilla, claro, sin embargo, el realismo y la profundidad inyectados, principalmente en los personajes, y en seguida, en los escenarios hacen que uno se sienta rodeado de muros de castillo de los cuales penden antorchas.

J. K. Rowling, creadora del mundo de Harry Potter. 
Trata de Harry Potter, hijo de James y Lily Potter; ambos asesinados un día de halloween, once años antes de que su hijo se enterara de que durante todos esos años sufridos en casa de sus tíos muggles, había sido siempre un mago. ¡Y qué mago! Harry Potter era el mago que había logrado derrotar al más temido de los magos oscuros: Lord Voldemort. Y ahora tenía que ingresar en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería en donde aprendería, vería, comería, olería y temería aquello que jamás imaginó.
Allá fue Harry, el niño que vivió, a Hogwarts, el lugar en donde conocería a dos amigos con los que, por fin, podría platicar aventuras o compartir ranas de chocolate. Aquello que deseó en un pasado se hacía realidad. ¡Tenía amigos! Ron y Hermione... pero no todo era algodón de azúcar en el colegio. Canturreaba por allí el pálido de Malfoy, enemigo tácito (y a veces no tanto) de Harry; y entre sombras también, asechaba desde la lejanía el señor oscuro: Lord Voldemort...
Hace once años, una fuerza desconocida hizo que Harry diluyera a Voldemort como humo en el aire... pero no murió, nunca fue tan humano como para morir. La prueba ahora es impedir que se apodere de la Piedra Filosofal porque si eso pasara, quizá Harry no correría tanta suerte, ni tampoco el mundo mágico.

miércoles, 18 de enero de 2012

La Resurrección de León Tolstói


Retrato de León Tolstoi por Repín
“En vano los hombres, amontonados por cientos de miles sobre un pequeño espacio de terreno, esterilizaron la tierra que los sustentaba, la cubrieron de piedra a fin de que nada pudiera germinar; en vano arrancaron hasta la última brizna de hierba; en vano arrasaron los árboles y exterminaron a los pájaros y a las bestias. Todo en vano; la primavera siempre es primavera.”*
Capítulo I

Entre juristas y libros de leyes que se empolvan por el paso de los años haciéndose inútiles... sobre un escenario que ha presenciado el servilismo más cruento de una sociedad que se regodea en su hediondo caldo de ministros elegantes e inservibles... sumergida dentro de un frasco de ineptitud destilada aparece una figura que de tan sólo verla se antoja imitada, repetida, frecuentada... en la sala de deliberaciones de un juzgado aparece la persona que ha sido encontrada culpable, siempre, de un crimen que no cometió. Así, Máslova deberá enfrentar el cargo de haber asesinado a un comerciante yendo en el siguiente convoy hacia el destierro en la cruda Siberia. Pero algo que no sabe ella en ese momento la observa uno de los jurados: Nejlúdov, primer amante... causa indirecta de su desgracia pues fue él quien le provocó la expulsión de su hogar, y de que consecutivamente, esta hubiera terminado en una casa de prostitución muchos años después de la noche en que, afuera de la parroquia, se dieron un beso que pareció de amor, pero que  en realidad, no lo fue.
Consciente de su falta y arrepentido por ella, Nejlúdov se propone resolver la causa de Máslova... llegar con ella hasta Siberia, si es necesario, sin embargo, hay un problema: él es un príncipe, miembro de la familia del Zar, aristócrata enriquecido con el trabajo de campesinos miserables quienes apenas contienen fuerza y alimento para sobrevivir. Se da cuenta, entonces, de que si quiere emprender su propósito tendrá, antes que nada, renunciar a todos los lujos con los que quizá, fue concebida su existencia tranquila, apenas turbada por los acontecimientos del “allá afuera”. Es en este momento cuando los sentimientos de toda clase le invaden en lo más hondo de su ser, algunas veces hostigándolo y tentándolo en renunciar a su nueva ideología; otras más, alentándolo a seguir, inspirándole confianza en la idea de que sus actos son de la mejor intención, y con estos, le reducirá a Máslova el dolor de su sentencia. ¡Hasta casarse con ella es una buena idea!
Inicia el traqueteo de las cadenas en los pies, el sol como brasa gigante, el vapor de sudores que mana de una colmena de hombres desfigurados y marcados por la frialdad del eco de las mazmorras. Las personas salen, menean la cabeza y los olvidan; es tan sólo un furtivo acontecimiento que despereza el día... Y Nejlúdov, allá va, siguiendo el convoy de presos que serán desterrados como basura en los confines del planeta. En este  momento inicia para él una serie de vivencias que serán tan absurdas como dolorosas; estas últimas, irán curtiéndole una mente con la que al final, logrará sopesar su propia resurrección.
“Resurrección” es la última novela con la que León Tolstói reafirmó su grandeza intelectual, no sólo en la Rusia del siglo XIX, sino en todo el mundo y en cualquier época al lograr verter en un libro la cruel realidad de una sociedad en donde se permitía que aquellos hombres llenos de vicios, defectos y pecados intentaran corregir los vicios, defectos y pecados de hombres semejantes a ellos de la forma que fuese, bajo el costo de cualquier cosa, incluso de la vida de un anciano, o la alegría de una pequeña niña. 
Novela moralista que nos hace ver el seno del problema que ha existido siempre: pecadores instruyendo cómo dejar de pecar.

Personalmente jamás había leído algo de Tolstoi, habiendo sí, escuchado de su gran estilo, fama y reconocimiento en novelas como “Ana Karenina” y “Guerra y Paz”, pero ahora, sabiendo reconocer que es un semidiós de la literatura,  sabré reconocer y recomendar aún más las sabias letras que supo transportar, como por acto mágico, del papel al corazón de un sencillo lector.

“Sentía en sí, no sólo la libertad y la fuerza y la alegría de la vida, sino también toda la potencialidad de lo bueno: se sentía bastante fuerte para realizar todo lo que de bueno y bello puede realizar un hombre. Comprendía esto y los ojos se le llenaban de lágrimas. Y eran las suyas lágrimas buenas, porque las hacía brotar el júbilo de la resurrección moral de aquel «yo» que durante tantos años había dormido en su seno: y eran quizá algo malas porque en aquel llanto había algo de enternecimiento de sí mismo al advertir que renacía su virtud.”*
Capítulo XXVIII.

*Tolstoi, León, Resurrección, Traducción de José Goñi, México, Editorial Cumbre S.A., 1985, 483 pp.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Doppler - Reseña del libro "Aire Negro" de Judith Castañeda Sauri


La ceguera es la oscuridad, no hay luz, no hay brillo. Sin luz ni brillo no pueden existir las imágenes, y a falta de imágenes, es necesario un bastón sensible a las vibraciones del aire negro.
Nos arrulla el viento mientras se aleja, meciendo las hojas de los árboles en el parque. Una quietud pasmosa se entromete en el corazón sin que nada ni nadie pueda hacer algo para evitarlo; es, como la sensación plena que uno alcanza cuando saborea un dulce plato de duraznos en almíbar o un manjar de miel recién cosechada. El pulso lento, amortiguado; un retumbo sosegado en lo más profundo del tórax... Y entonces cerramos el libro titulado “Aire Negro”, de la escritora Judith Castañeda Sauri, quien ha sabido, con una deliciosa prosa, acelerarnos el pulso y llevarnos al límite de la adrenalina para después hundirnos en unas escenas al puro estilo del romanticismo tardío. 
Judith Castañeda Sauri (1975), Técnica Química Industrial laboró en la industria del acabado textil por nueve años hasta que un cartel de la SOGEM de talleres de cuento se atravesó en su camino. Habiendo leído a Edgar Allan Poe y a Oscar Wilde se preguntó ella misma si sería capaz de escribir algo así, y entonces, de la mano de su maestro, Alejandro Meneses  —quien ocupa un lugar muy especial dentro del corazón de la cuentista—, dio el primer paso en lo que sería una trayectoria literaria apartada del academicismo, mas no de la extraordinaria calidad que hace de ella una escritora como muy pocas.
Aire Negro es un libro de once cuentos que nos presenta a dos personajes retomados, a manera de homenaje, del libro de Alejandro Meneses “Ángela y los Ciegos” (Ediciones Cal y Arena, 2000). Ángela, mujer de todas las edades de la vida, rubia y hermosa que se deleita cerrando los ojos para contemplar mejor aquel mundo que le rodea. Ella, causa de los desvelos de su primo, quien al ingresar en un internado separado de la cotidianidad acude en busca de los recuerdos fotográficos de las quimeras, de lo que sería su amada en un momento incierto; otras veces, la buscaría, tal vez en el parque, o en la playa desierta, o en la cantinas cercanas a su casa. La busca el primo sin encontrarla por ninguna parte. Ambos huérfanos de padre, cada uno, superando la pérdida de una forma distinta; ella, quizás, bajo su personalidad férrea e indócil, y él, sobre su carácter amoroso, obsesivo y enormemente necesitado, y al mismo tiempo, apartado de los demás, solitario.
«—Déjame ser tu ciego—, terminé por pedirle a Ángela.
»Estábamos junto a los macetones alguna vez llenos de rosas. Ella sonrió, me cubrió los ojos. “Ven, mira”, guió mi mano y mis pies, casi tropiezo en el camino de baldosas, último recuerdo de papá...»
«Desde que le pedí que me enseñara a ver con los ojos cerrados. Anda, quiero jugar contigo, como cuando nos escondíamos en el taller, le rogué  muchas veces en el jardín y la cena. Escribí notas en sus libretas... Y la alcancé junto a los macetones..., le pedí que me dejara ser su ciego»
«La estoy engañando. No aprenderé a localizar bastones gracias a los cambios en las corrientes de aire. Me interesa sentir su mano llevando la mía, tropezar y sostenerme de sus hombros, equivocar el rumbo para terminar a centímetros de su pecho».  (1)
Amor; el amor reinventado de Judith Castañeda Sauri. Ese amor trágico: sin clímax ni resolución ni sentido. Sentimiento perfecto, redondo como los cuentos que no tienen ni principio ni fin; estructura revivida de los tiempos de James Joyce. Ese amor y esa estructura hacen de “Aire Negro” un libro como ningún otro. 


1. Castañeda Sauri, Judith, Aire Negro, México, UACM, 2007, 84 pp. (Narrativa) [Ganador del Tercer Premio Nacional de Narradores Jóvenes UACM 2007 Maria Luisa Puga, en el género de cuento, por el suguiente jurado: Pablo Boullosa, Hernán Lara Zavala y Esther Seligson. 

jueves, 17 de noviembre de 2011

Círculo perfecto


A las 5:30 de la mañana se levantó Santiago Nasar.
Ese día lo iban a matar.
Todos lo sabían.
Menos él.

A las 5:30 se levantó Santiago Nasar. Con un ademán se despidió de la madre y salió a encontrarse con su destino. De la boda de un día anterior todavía llevaba el traje puesto, pero no había cargado con el fuego de su arma, que bien le hubiera servido cuando Pedro y Pablo Vicario le interceptaron a la vuelta de la esquina con sus cuchillos para matar puercos.

“— No se moleste, Luisa Santiaga —le gritó al pasar—. Ya lo mataron.
— Santiago Nasar —dijo.
— ¡Mataron a Santiago Nasar!
...Entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.”

En una tierra del Caribe se contaba un secreto de oreja en oreja. Que iban a matar a Santiago Nasar los hermanos Vicario. ¿Por qué? Por haber profanado la virginidad de una mujer. ¡Ay las mujeres de García Márquez! Parecen un prodigio celestial al principio; saben bordar, tejer, escribir esquelas de compromiso, pero al final, develan un ignoto secreto. ¡Que ya no era virgen! Lo supo su esposo, Bayardo San Román, en la noche de bodas. ¿Quién lo supo? Todo el pueblo. Todos sabían que iban a matar a Santiago Nasar.

Menos él.

Es una historia larga, una crónica, para ser exactos. La cuenta el sobrino de Wenefrida Márquez. De cómo y por qué, los hermanos Vicario resolvieron con dar muerte a Santiago Nasar. Es una tierra en donde las noticias no pueden ser contenidas por tanto tiempo como la respiración; en cualquier momento la persona termina por abrir la boca: por respirar. Y así se van dando las verdades. Una por una, hasta el desenlace que se presenta desde el principio. Sabemos que lo van a matar y que lo matan. ¿Pero cómo? He ahí el meollo de la situación.