A las 5:30 de la mañana se levantó Santiago Nasar.
Ese día lo iban a matar.
Todos lo sabían.
Menos él.
A las 5:30 se levantó Santiago Nasar. Con un ademán
se despidió de la madre y salió a encontrarse con su destino. De la boda de un
día anterior todavía llevaba el traje puesto, pero no había cargado con el
fuego de su arma, que bien le hubiera servido cuando Pedro y Pablo Vicario le
interceptaron a la vuelta de la esquina con sus cuchillos para matar puercos.
“— No se moleste, Luisa Santiaga —le gritó al
pasar—. Ya lo mataron.
— Santiago Nasar —dijo.
— ¡Mataron a Santiago Nasar!
...Entró en su casa por la puerta trasera, que
estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.”
En una tierra del Caribe se contaba un secreto de
oreja en oreja. Que iban a matar a Santiago Nasar los hermanos Vicario. ¿Por
qué? Por haber profanado la virginidad de una mujer. ¡Ay las mujeres de García
Márquez! Parecen un prodigio celestial al principio; saben bordar, tejer,
escribir esquelas de compromiso, pero al final, develan un ignoto secreto. ¡Que
ya no era virgen! Lo supo su esposo, Bayardo San Román, en la noche de bodas.
¿Quién lo supo? Todo el pueblo. Todos sabían que iban a matar a Santiago Nasar.
Menos él.
Es una historia larga, una crónica, para ser
exactos. La cuenta el sobrino de Wenefrida Márquez. De cómo y por qué, los
hermanos Vicario resolvieron con dar muerte a Santiago Nasar. Es una tierra en
donde las noticias no pueden ser contenidas por tanto tiempo como la
respiración; en cualquier momento la persona termina por abrir la boca: por
respirar. Y así se van dando las verdades. Una por una, hasta el desenlace que
se presenta desde el principio. Sabemos que lo van a matar y que lo matan.
¿Pero cómo? He ahí el meollo de la situación.
