miércoles, 9 de noviembre de 2011

Ulterior

Hoy comprendí algo realmente sorprendente y revelador.

Fue mientras leía la parte final de la novela "Tinta Violeta" de Eve Gil. Lágrimas que acudieron al instante sin siquiera dudar del tiempo y espacio. Escurrieron impetuosas, largas, finas y delgadas como hebras de lana deshilvanándose, dejándose llevar por la suavidad de una vetusta rueca. Leía, releía ese párrafo que terminó por desgarrarme a un personaje que ya consideraba como algo indispensable en la trama del libro: Kazuyo. Kazuyo muerta. La imagen de su semblante estático, como hecho de una cera especial que no se corrompe; quizá sus ojos están abiertos, mirando las estrellas de esa noche estrujada por las garras de Izanami. Y ya no despierta, ni siquiera el vientecillo aduraznado le devuelve el color de su piel mexicana; ya no despierta: está muerta, muerta, muerta. Duerme plácidamente.

Kazuyo...

Y Cho no le dijo que la amaba. ¿Por qué? Porque esta cruenta sociedad colocó el protocolo, y la princesa no puede amar a su doncella, a su aya, aunque la ame sobre todas las demás cosas. Aunque lo sienta. Y ahora, ya no está.

Kazuyo...

Esta sociedad, este cúmulo de personas que nos rodea tiene esa gran manía de escindir nuestros actos en buenos y malos, en los que están moralmente bien vistos y en los que es preciso escupir con todo nuestro fervor de buena persona. ¿Hasta dónde debemos de llegar? ¿A dónde nos dirigimos con esto? ¿Llegaremos un día a el tiempo en el que hasta el amor sea prohibido, mal visto? Es posible, por como están las cosas, es muy posible. Entonces amor será la estela distante que alguna vez nutrió los corazones del mundo, y que a esos días, yacerá enfrascado en algún búnker oculto bajo cien capas de piedras y lodo, odio y venganza.

¡No! No quiero que suceda eso, mil veces morir antes que ver ese apocalipsis.
¡No! Yo no quiero perder a alguien sin antes haberle dicho lo que sentía por esa persona.
¡No! Me niego a formar parte de las huestes que buscan hacer del hombre una máquina, mano de obra que no requiere aceite ni alineación de ejes o cromado de rieles.

¿Por qué vivir la vida que otros quieren que vivamos?
¿A quién tratamos de complacer exactamente?
¿A nuestra mamá o papá?
¿A nuestra religión?
¿Al Dios eterno?

¡NO! Yo quiero ser feliz, porque así lo deseo. Porque es MI vida, enteramente mía. Y si no tengo una escritura de ello es porque este mundo moralista nos une con un cordón umbilical transparente a los hilos de marioneta de nuestros padres, de nuestras familias. ¡Que somos de ellos cuando no es así! En ese caso, ¿necesitaríamos acaso de raciocinio? ¿De capacidad de pensar?

Entonces..., ¿entonces qué?

Entonces haz lo que quieras, sonríe, come pan, siente culpa, come pan otra vez y haz ejercicio. ¡Mastúrbate! Mira películas a media noche, cuídate, corre, has tarea, estudia, acaricia un gato o un perro, ayuda a quien te necesita, ama. ¡Ama hasta que duela!, como decía la Madre Teresa de Calcuta. ¡Hasta que duela, hasta que cale!

¿En alguna de estas acciones le haces daño a alguien?
No lo creo.

Citando sabias palabras:
“Nunca tengáis miedo de defender que tenéis razón incluso si vuestro adversario es vuestro padre, vuestra pareja, vuestro profesor, vuestro político, vuestro predicador, o hasta vuestro Dios”

Juan Pablo I


lunes, 7 de noviembre de 2011

Neblina

Suena: "Imagina lo prohibido"
de Juan Pablo Aldaco

La ceguera: algo realmente inimaginable. ¿Se imaginan no ver nada? Nada, en verdad. Ni siquiera la bóveda oscura que rellena nuestras pupilas si cerramos los ojos con fuerza. Pero así, de no ver que ni nada, es algo que tan solo de pensarlo, me dan calosfríos.
Y aunque nos lo imaginaramos, sería simplemente una éterea ilusión de lo que la ceguera es.

Para mí, el sentido de la vista es el más importante porque gracias a él, puedo procesar imágenes y después, plasmarlas en papel. Sé cual es el color rojo y el azul, como es un perro y un gato, diferenciar a un hombre de una mujer (aunque en el metro se complican las cosas) y cosas por el estilo. ¿Pero cómo le hará una persona que no ha visto luz en toda su vida? Me es difícil imaginarlo.
Hoy, llegando a la universidad vi a un invidente rebuscando el suelo con su bastoncillo de caña; las personas le pasaban por los flancos, absortos en sus propios pensamientos, y el hombre que no ve la luz decía al sentirlos cerca "¿Dónde queda la salida?" ¿Dónde queda qué?, le pregunté para rectificar lo escuchado. La salida, me respondió. Está del otro lado, por acá; y lo tomé del brazo. Llevaba una chamarra de esas de tela sintética que sisea al tacto, tenía sus pupilas sumergidas en dos blancos pozos inescrutables. Caminé así, tomándolo por el brazo, hasta la entrada. -Viene un escalón, le decía cuando nos aproximabamos a un peldaño; y él, lentamente maniobraba con su bastón de caña para posar su pie sobre la calle. -Mejor te pongo mi mano en el hombro, me sugirió, y entonces recordé múltiples escenas del metro, en donde los pasajeros guiaban a los invidentes a través de los pasillos multidireccionales. -Sí, está bien -le dije, y continuamos andando hasta la parada de autobuses.

¿Y si nadie le hubiera ayudado a llegar al camión?, me pregunté al camino de vuelta a la universidad. ¿Seguiría allí, girando sus pies sobre el mismo punto, cercano a un jardín que estaba más que alejado de la salida? ¿Sin nadie que lo ayudase?... Todos pasaban de largo, sin siquiera reparar en su presencia, como si no estuviera ahí.
Entonces sentí miedo.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El timón del gran barco de vapor.


Queridos lectores,
Ya pasó muchísimo tiempo desde que escribí en este blog, bla, bla, bla...lo típico; ya saben. Y de verdad les ofrezco una sincera disculpa. Trataré -bla, bla, bla-, de escribir entradas más a menudo, pero es que si supieran cuantos cambios ha tenido mi existencia, wao, para qué les cuento. Además, cuando uno está tan feliz, desea prolongar esa felicidad, que hasta se olvida uno de ciertos asuntillos. Y de escribir sobre las paupérrimas personas de este mundo ya ni se antoja, así que mejor me he concentrado en una novela. Sí: ya he terminado completamente mi primera novela titulada "La fuente roja", y con esto, siento que doy un gran paso hacia el amplísimo universo de la literatura. Es como si hubiera procreado a un hijo al que tanto quiero, pero del que me tengo que alejar por un momento, porque ya ha crecido, incluso, se ha ido, para irse en busca de lo que ellos encontraron.

E insisto, cuando uno está feliz, ni dan ganas de escribir, ni de hablar ni de nada, más de seguir siendo feliz. Escucho entre unas suaves cuerdas y tamboriles a la más pura trova:

Hoy me vino la gana, que no las musas
hoy no tengo pretextos ni disculpa para cantarte a ti
para escribirte un verso y descolgarte desde aquí
hasta las ganas de la mañana ya por venir.

Hoy primero del segundo del año
mientras esta mujer rompe el espacio para inventarse al fin
para mirarla toda en el silencio y de perfil
tomo sus manos como escenario para existir.

Y es que no importa que digan
que está trillado
hablar de amor que maldigan
si no han probado
la noche en sus brazos de sol.

Se detiene el reloj sobre nosotros
caen las diez que resbalan por sus hombros y se cuela la luz
que se enreda en tu pelo pero la liberas tú
oro y diamante por un instante de tono azul.*

Realmente, he comprobado, (imagínense, un aspie diciendo esto), que a veces los cambios son buenos, sanos y en ocasiones, necesarios. Y en efecto: ya era necesario un cambio en mi vida. Requería tomar las riendas de mi timón e irme navegando por el sinuoso mar. Ese lugar en el que no te puedes anteponer a las situaciones porque en un segundo la situación gira 360° y aquí lo imperativo es encontrar una rápida solución o respuesta, porque la vida sigue y no se detiene; me he dado cuenta.
La canción de más arriba la escuché la noche del domingo mientras nos veníamos (mi tía, mi abue y yo) de la Álvaro Obregón para la casa sumidos en la paz más embriagante que haya sentido en los últimos meses. Sí, ya tengo tía; y otra abue, la mamá de mi papá. Los he conocido porque me vine a vivir a la capital para estudiar lo que más amo en la vida, porque es tan infinito como el extenso cielo y la imaginación: la literatura. Estudio la Licenciatura en Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, y déjenme decirles que por momentos, me siento como Billy Elliot entrando a la Royal Ballet School. En fin, yo y mis patologías.
Estudiar Creación Literaria y ejercer Enfermería me hace sentir la persona con más dicha sobre la tierra; mis pacientes salen adelante, las enfermeras me dan ánimos de seguir adelante (la mayoría de ellas, claro está), y el hecho de desenvolverme tan fluidamente en el área hospitalaria me llega a sorprender, y digo: ¿cómo hice eso?... "Que la emergencia no les gane", nos decía David, jefe de PC, antes de salir a alguna emergencia prehospitalaria. Segurito que eso se me quedó tatuado, y yo que ni cuenta me di.
Aquí brilla otra(s) personita(s) más en mi pedacito de cielo: David..., David y el Equipo de Protección Civil (cási todo, está claro) porque en el momento en el que no tuve para donde jalar, y que mi genealogía se mostró de hombros encogidos y ojos ciegos, ahí estuvieron: apoyo moral, económico, sentimental; apoyo, a fin de cuentas. Y eso, lo atesoro tan adentro de mi ser, que me da miedo que en cierto punto, de lo profundo que está, se me vaya a perder.
Tres meses y dos semanas viviendo en la capital de las noches sin estrellas, porque el smog parece salir transpirado de las callezuelas que como grandes arterias, iluminan el valle citadino. Sigo vivo, respirando, mi corazón palpita y tengo a mi alrededor a personas que nunca me imaginé conocer. La otra familia, decía yo. Los que viven por allá y que no conozco, pensaba. ¡Cuán errado estaba al imaginarme que moriría sin saber mi origen paterno! Hasta risa me da el hecho de pensarlo de nuevo. Pero eso ya se ha quedado en el pasado.

Por fin conocí a la escritora sonorense Eve Gil. Me la imaginaba un poco más bajita, y cuando me paré frente a ella dije: madre mía, pero si es altísima. Obviamente cabe señalar que soy un vil pitufo de uno sesenta y dos, ni más ni menos. A Eve la acompañaba su esposo, el poeta Ramón I. Martínez y su hija, Murasaki, a quien por alguna extraña razón, identifiqué  como tal. Un amplio séquito le hacía guardia mientras firmaba libros, y me llegó el turno de la fila en posar frente a ella. "Soy José", le dije, y de inmediato sacó un ejemplar de Tinta Violeta, lo firmó con su letra de médico consumado y me lo entregó. De nervios me temblaban las manos...
Ese mismo día, unos minutos después de que la presentación de Tinta Violeta hubiera terminado, reconocí a otra grandiosa escritora, (aunque ella diga que no, yo digo que sí) Judith Castañeda Sauri, quien también me regaló un ejemplar de su libro Aire Negro a lo que siguió su autografo (sí, no le han venido a jalar las patas) y a un episodio de grandes abrazos. Nunca antes (bueno, con mi amigo Irving sí) había sentido un abrazo tan afectuoso que hasta ganas de abrazarla me dieron otra vez.

¡Tantas, pero tantas cosas de las que podría hablar! Sin embargo, mi blog no sería suficiente para eso. Pero lectores, sigo vivo, y pronto, muy pronto, sabrán algo más de mi.

Salud y Prosperidad...
*Canción: Brazos de Sol, de Alejandro Filio.  

jueves, 22 de septiembre de 2011

Mensaje de despedida a mis compañeros de generación

A los presentes aquí reunidos, especialmente a los graduados...

"—Le he estado hablando casi desde el mediodía, pero no parece que haya oído nada —dijo Tengo.

—Cuando me preparaba para ser enfermera; aprendí una cosa: las palabras alegres provocan que los tímpanos de la gente se estremezcan con alegría. En las palabras alegres hay vibraciones alegres. Independientemente de que las comprendan o no lo que se les está diciendo, los tímpanos vibran con alegría. Por eso a las enfermeras nos enseñan a que tenemos que decir cosas alegres en un tono alegre. Sea cual sea la lógica que lo explica, le aseguro que funciona. Se lo digo por experiencia.

Tengo reflexionó un rato sobre eso.

—Gracias—, le dijo. La enfermera Omura asintió y se marchó a paso ligero. "

Del libro "1Q84" de Haruki Murakami

Es quizá muy trillado decir que en este momento inicia un  largo camino hacia una larga vida, pero aunque trillado sea, es verdad. Cada vez que damos un paso nos alejamos del principio  y nos acercamos al final, pero en el profuso trayecto del principio al fin existe un espacio que es como un lienzo blanco preparado para ser pintado con bellos paisajes o caprichosas figuras. La decisión de pintar sobre aquel lienzo árboles altos y hermosos o rayar sobre el caballete líneas de expresión irreflexiva es y será siempre nuestra. Nosotros, seres humanos que pensamos, que escribimos; que tomamos decisiones y que hablamos..., nosotros seremos el día de mañana los culpables o autores de aquella amplia  galería de pinturas frescas llamada comúnmente: vida.

Es cierto: nuestra existencia está irrefutablemente ligada a las demás personas que nos rodean, sin embargo, está también impertérritamente decidida en su totalidad por nuestras acciones..., decisiones que tomamos y que alteran el siguiente acto. Tomando las palabras de Florence Nightigale: "No es importante lo que el destino haga de nosotros, sino lo que nosotros hagamos de él". Eso es en verdad lo importante. Y es importante reconocerlo, porque quizás a través de nuestro futuro en el amplio rango que existe de principio a fin, de nacimiento a muerte, nos encontraremos con millones de Ivonnes Zamoras que fingen dar clase. Nos toparemos con centenares de Betitos que piensan que a la juventud se le debe mantener amansada y reprimida en el fondo del aula de sus pensamientos. Que no se les debe de dar ánimos para seguir adelante. Que se debe de partir a la comunidad estudiantil en los buenos estudiantes y los malos estudiantes, cuando alrededor de todo esto se encuentra el seno de la problemática más profunda en el tópico de educación. Pero aún así, sobre todo esto, debemos de ser fuertes, de dejar de tener miedo a expresarnos con palabras, de dejar de reprimirnos a nosotros mismos por comentarios destructivos de las personas que por el simple hecho de formar parte de una administración, se creen capaces de destruir una conciencia, un juicio y un razonamiento juvenil. Ser joven y no ser rebelde es algo casi innatural. Todos nosotros, la sociedad naciente del México del futuro tenemos la clave para desterrar a los malos gobernantes, a los malos profesores, a los malos empresarios y demás patraña social para, habiéndose limpiado el terreno, plantar la semilla de una regeneración holística y verdadera, la cual, iniciará forzosamente en nuestro pensamiento defendido.

De aquí hacia adelante, solamente;  mirar hacia atrás...nos quita tiempo de camino.
J.B.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Op. 10 - Carroñero

Era una fresca mañana de octubre, los pájaros revoloteaban alegremente entre las ramas de los setos del parque, el señor heladero repartía su sabor chicle y zarzamora con queso a mitad de precio; sobre sus patines, un niño y una niña dibujaban círculos de aire alrededor de la fuente mientras, sentado en una banquita cercana de piedra, un niño silbaba melodías que nunca nadie había escuchado. Contaban las personas a murmullos que aquel niño no tenía padre ni madre, que aquel niño era sordo porque le echaron el ojo o porque silbando se comunicaba con el diablo. Como era, las mujeres del pueblo, las niñas y los niños se apartaban del pequeño silbador. Lo que no sabía toda esta gente, era que el niño que silbaba sentando impasible en una banquita de piedra, cerca de la fuente del parque, se comunicaba con las aves que revoloteaban sobre las hojas y las ramas de los setos. Este pequeñín se llamaba Avión, porque según la costumbre del pueblo, se debía llamar a los hijos como el primer objeto que se cruzase en la mirada; en el caso de la madre de avión, fue, de hecho: un avión en el cielo. Y es que antes de los días presentes, aún no existían los aviones, es más, ni siquiera se pensaba que algo que no fueran los pájaros pudieran nadar en el cielo; por tanto, los nombres eran como: rosa, margarita, can, águila voladora de plumas moteadas o estrella magna en el cielo. Pero al niño llamado Avión, le tocó llamarse: Avión.


Y avión podía comunicarse con los pájaros, esos aviones que no eran falsos y hechos de metal. Un día, mientras la mañana transcurría como siempre, sin escuela, ni trabajo ni distracciones de un padre que oficia misa, Avión se subió a un árbol para convocar a los gorriones a que se juntaran con los zopilotes. Los gorriones eran unos señoriales personajes entre la comunidad de pájaros: vestían de plumas finas hechas por la madre naturaleza con especial cuidado en las desvanesencias de colores; se colgaban un monóculo en el ojo derecho y tomaban en té a las dos de la tarde: era imposible a que se juntaran con los zopilotes, esos seres negros, sucios y que se alimentan con carne muerta. No como ellos, que únicamente recogen finas semillas y seleccionadas hojas de seto. El problema por el que Avión deseaba que los gorriones se aliasen con los zopilotes era porque una tarde vio como un zopilote niño, al ver un cadáver de gorrión, no se lo comió, en lugar de eso, le buscó sitio debajo de un frondoso rosal y de dio cristiana sepultura. Detrás de un arbusto de zarzamoras, Avión miró aquel acto piadoso del Zopilote. Por eso se decidió a que Zopilotes y Gorriones fueran amigos.
Cuando fue a hablar con Zopilotes del asunto, estos se mostraron indiferentes y le contestaron que les daba igual ser amigos de los gorriones o no. De cualquier forma, sabía que aunque fueran amigos, lo serían falsamente, pues lo gorriones ni los zopilotes cambiaban. Avión miró al pequeño zopilotito que le dio sepulcro al ave muerta, no dijo nada y se bajó del árbol.
Entonces, un día, convocó a los zopilotes y a los gorriones a una junta al pie del rosal grande, cuando el cielo se pintara de un naranja atardecer, pero no les dijo a los unos que asistirían los otros.
La tarde llegó, y cuando el cielo se pintó de naranja los zopilotes y los gorriones fueron a ver a Avión, y se dieron cuenta de la molesta coincidencia. Los gorriones se indignaron y amenazaron a Avión de retirarse  si los Zopilotes no se iban. Avión trató de calmar a todos con su particular silbido. Todos los demás callaron. Luego Avión tomó un brazo del rosal y lo levantó para descubrir una pequeña lápida que decía que ahí  yacía un gorrión cristiano. Los gorriones casi se desmayaron al ver la tumba del tamaño de un palmo; por su parte, el zopilote que enterró al gorrión muerto se escondió detrás de su madre. Mientras tanto, los gorriones se arremolinaron en torno a la tumba y rezaron padres nuestros y aves marías. Luego, se cubrieron con una capa negra para mostrar dolor y dijeron retirarse de ahí.
Avión los detuvo antes de que echasen a volar y les contó que aquel zopilotito le había dado cristiana sepultura al avecita muerta. Los gorriones callaron, miraron a los zopilotes como diciéndoles "gracias" y se marcharon volando a paso de marcha mortuoria. Cuando Avión se giró para ver a los zopilotes, únicamente encontró a un zopilotito muerto, con la cabeza torcida y los ojos bien abiertos.
Los zopilotes adultos se habían echado a volar, y de ellos no quedaba ni rastro. Segundos después, Avión tomó al zopilote entre sus manos y se lo llevó al jardín de su casa para enterrarlo. Sus padres lo descubrieron, lo regañaron y le dieron manotazos para que no se le pegara lo sucio de los zopilotes, de todas formas, un animal carroñero que come carne no valía la pena de darle sepultura.
Madre, le dijo Avión, nosotros comemos carne, somos carroñeros y no nos merecemos la sepultura.
Al día siguiente, Avión amaneció muerto. Nadie lo quiso enterrar y en su cuarto se descompuso hasta que la historia lo enterró en la memoria de los que nada quisieron contar. Como a mí la muerte me carcomía, decidí irlo a buscar a aquella casa. Recogí sus huesos sin carne y los enterré... No dudo que en este momento, la gente me ande buscando para darme muerte, y dejarme sin sepultura.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

City Noir. Fragmento.


          Ya veo el bulevar, también la iglesia que se va de lado. ¿Qué es ese gran cuadro de piedra? Se asemeja a la fotografía de tu hermana. A los compañeros caídos, alcanzo a leer. Se me cansan los ojos, además, la lámpara de mercurio parece morirse. No me he dado cuenta de que ahora camino más rápido, tengo los brazos extendidos como queriendo dar un abrazo, sé que estas cerca, que tu lecho es próximo a mi cuerpo. ¡Ana Martha!, grito. ¡Josecito!, imploro con ayuda de mi esfuerzo. Toso, me salen las flemas. Me calmo y destapo el estuche, saco mi violín y traigo a mi mente las notas del concierto. Me posiciono frente al epitafio e inicio con los primeros compases; unos murmullos se oyen de entre los árboles enanos, los perros ladran, un claxon resuena, chinga tu madre, escucho de nuevo. Pienso en ti posando para el periódico, en ti comiendo pozole en mi casa, en ti besándome los senos, en ti llevándome a tu casa en el caballo. Sigo tocando el concierto para violín de Tchaikovski y me acelero en velocidad. La dinámica esforzada, un fortísimo adelantado. ¿Te gustaría como la toco?, es que hace frío, se me entumen los dedos hinchados por la artritis. ¡Josecito!, aquí te espero, nada más déjame terminar. De seguro Ana Martha vendrá a reconocerme, de seguro todavía no te levantas de la mesa, de seguro apenas le pagas el café y el pan de dulce. De seguro sigues vivo..., de seguro, no estás muerto.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Zapatero a tu zapato. Parte 1.

Cierto día, un jovencito de quince años, fue a inscribirse a equis institución. Era la última oportunidad que tenía para estudiar el bachillerato, y qué mejor, si este bachillerato era técnico, es decir; que además de un certificado de preparatoria obtendría también un titulo profesional de carrera corta. La oferta educativa de dicha institución poseía tres carreras "profesional técnico bachiller": Enfermería, Contaduría y Prótesis Dental. El jovencito se decidió por Contaduría y escribió en su cédula de preinscripción la clave asignada. No fue hasta el día en que lo aceptaron cuando se dio cuenta que cometió un gran error. En lugar de haber escrito la clave de contaduría, escribió la de enfermería. Entonces juró cambiarse de carrera tan pronto como tuviera oportunidad, y con esa idea inició el primer semestre; tronco común. Tiempo después, le llegó la oportunidad de cambiar la clave errónea. Sin embargo, este jovencito odiaba la burocracia sin sentido y por tanto, siguió estudiando bajo la clave de enfermería. De esta forma, se evitó formarse en una larga cola de copias, sellos, firmas y demás basurerío de hojas y de tinta...Tácitamente, también se evitó haber cometido el peor error (considerado así en el momento) de su vida.

Comenzó el segundo semestre, y dicho jovencito se adentró en los campos de la anatomía, de la patología  y de la enfermería  propedéutica. Al principio sintió haber cometido el peor error de su vida por haber dejado pasar aquella oportunidad de cambiar la clave mal escrita. Pero ya estaba a bordo del barco, y si intentaba bajarse, sin lugar a dudas se ahogaría. Entonces se giró hacia la cubierta y vió que aquello no era tan malo; se trataban enfermedades, partes del cuerpo y demás parénquima sintetizada, estéril y dizque médica. El jovencito se deshizo del "dizque" para decir "médica". Ahora ya poseía unas bases muy simples de lo que aquella carrera técnica trataba.

Los cuatro principios fundamentales de la enfermería se le grabaron bien adentro de su mente. Y hasta la fecha, según  cuentan, permanecen ahí como la marca de un fierro caliente que quema la piel del ganado. En ese sentido, los fundamentos de la enfermería sellaron su  mente tierna y se la apropiaron con una celeridad absoluta y franca...Se vino el cuarto semestre, las especialidades de la enfermería resultaron para él tan simples como apagar un fósforo con el aliento. Ya no cabía duda alguna de que aquel jovencito  formaría parte de las legiones blancas y planchadas de la enfermería. Entonces trajes quirúrgicos, jerga médica, libros especializados, glucosa, aminas, drogas, y demás fiesta de medicina llenaron su ordenado ser. Pero muy adentro de él, algo rico y delicioso manaba sin detenerse. Pero se venían las patologías y el flujo de su ser se opacaba y se agazapaba en el fondo de sus ojos. Y así, sin dejar de ser, aquello permaneció ahí. Constante.
Tres años después de que cometió aquel desmesurado error de escribir una clave que no era, se le vino la hora de terminar la carrera y el bachillerato. Ante la secretaría de salud ya podía  ejercer en sus sacrosantos y pobres escenarios hospitalarios (aunque mostró facilidad de nadar por los pasillos con olor a bilis desde mucho antes) y así sería. Para obtener su título de Enfermero General debía devolverle a la patria lo que esta le había brindado. Haría el servicio social. Pero antes de que pisara su hospital encomendado, ese algo, ese aquello surgió como violentamente mana la lava del cráter de un volcán en activo. Ese algo se sobrepuso al hospital por un instante, luego volvió en sí...y se dio cuenta que aquello y enfermería debían permanecer juntos para siempre, si querían vivir tan bien como habían vivido hasta entonces. Luego, enfermería y literatura se juntaron, y fueron como inseparables hermanas; como el alma de un ser viviente, el espíritu que llena lo estéril y lo inerte. Se polimerizaron tan ferozmente que cualquier intento de separarlas, causaba un dolor inmenso en el corazón del chico, por lo tanto, decidió abrazar a las dos y hacer de ellas, su vida para siempre.