lunes, 14 de noviembre de 2011

Infatuation


Como en un espejo: dos imágenes borrosas se escinden de la colonia Roma. Clases sociales, unos arriba, encima de los de abajo. Los ricos y pobres se avientan miradas que no les alcanzan para cruzarse del otro lado. Y la ciudad se roe con el corazón de Carlos; Carlitos. El pobre niño enamorado de la madre de su camarada en las batallas en el desierto. 
Fue una tarde, de esas tardes escolares en las que se invita al compañero, amigo de al lado para almorzar en casa cuando sucedió la infatuation, léase, de la traducción del inglés: estado en donde la persona se ve sumida en el más profundo sosiego fundado irracionalmente en el amor. Y así, fundado en la premisa anterior, Carlitos le dijo a Mariana «...estoy enamorado de usted.»  Y ella: «Te entiendo, no sabes hasta qué punto. Ahora tú tienes que comprenderme y darte cuenta de que eres un niño como mi hijo y yo para ti soy una anciana: acabo de cumplir veintiocho años. De modo que ni ahora ni nunca podrá haber nada entre nosotros. ¿Verdad que me entiendes? No quiero que sufras. Te esperan tantas cosas malas, pobrecito. Carlos, toma esto como algo divertido. Algo que cuando crezcas puedas recordar con una sonrisa, no con resentimiento. Vuelve a la casa con Jim y sigue tratándome como lo que soy: la madre de tu mejor amigo. No dejes de venir con Jim, como si nada hubie­ra ocurrido, para que se te pase la infatuation -perdón: el enamoramiento- y no se convierta en un problema para ti, en un drama capaz de hacerte daño toda tu vida.»*
Pero el daño, hace días que estaba hecho. Quizá no era un daño corpóreo, pero, ardiendo como el tacto de un garfio caliente, Mariana estaba tatuada en el corazón de Carlitos; y de allí no se borraría, ni siquiera cuando la mujer tuviera ya ochenta años.
De despedida: un beso. Mariana le da a Carlitos un beso en la mejilla, un premio de consolación. La edad los separa, probablemente también el sentimiento. Carlitos, un niño que apenas va en la escuela básica, el hijo jamón de un sándwich que se acompaña con sidral de manzana, o sea: el hijo de en medio, el depravado, el insano porque su amor traspasa las paredes de moralidad que hasta entonces se consideraban inexpugnables; de castigo se iría a encerrar con el psiquiatra y con el cura que le enseña (sin querer) los malos tactos de los que Carlitos no logra obtener ningún derrame.
Pero ya algún día, la vida, o el destino mismo, o un mensajero ignoto le llevaría hasta el cruel e  incierto desenlace de esa historia que inició al grueso calor del recreo, mientras dentro de sus entrañas se llevaban a cabo las batallas en el desierto.


*Emilio Pacheco José, Las Batallas en el Desierto, México, Era, 2004. 

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