viernes, 6 de septiembre de 2013

Beautiful words


Desde la noche de ayer me ha rondado por la mente la siguiente frase que E.M. Forster escribió en su ensayo What I Believe: Tolerance: “El corazón no firma documentos”. Es aquí donde mil preguntas que ni siquiera alcanzo a formular, pero que su esencia aparece en el fondo de mi pensamiento, emergen y se aglutinan como plaquetas en una cascada de coagulación, de manera que no alcanzo a vislumbrar muchas respuestas, o ya no se digan respuestas: atinos. Sí, lo sé: “el corazón no firma documentos”. No lo ha hecho nunca ni lo hará; sé que es un órgano señalado al mediastino, aunque se encuentre en realidad en el sistema límbico, en el cerebro; y también sé que siguiendo lo comúnmente aceptado sobre que cada persona siente distinto, es cierto que nadie puede experimentar una sensación ajena en el cuerpo propio; tengo éstas certezas, y ahora se les suma lo escrito por Forster porque esto también es bien cierto. ¿Es posible que un ser humano, igual que yo, o que tú, o que el presidente o que el taxista, con un historial sorprendente de fallas, de fracasos, así también de aciertos y vicisitudes de suerte, pueda ofrecer alguna garantía sobre lo que sea, sobre cuestiones del corazón? No trato de indagar sobre la versatilidad del pensamiento del hombre, sino, más bien, escribir hasta dónde mi mente ha sondeado el tema de la firma cordial. Por desgracia, luego de hallarme con la certeza absoluta de que el señor Forster tiene razón, no puedo seguir más adelante; pienso ¡es demasiado obvio!, ¿cómo, pues, vas a pedirle a alguien que deje en garantía algo que quizá ni siquiera posee, o siente, o…, lo que sea? Tampoco es posible hurgar en las mentes ajenas, y ver todo claro si, por ejemplo en mi caso, ni siquiera el dueño de tal masa gris es capaz de internarse en lo más profundo de sí. De cualquier manera, ésta mañana, al salir del trabajo, he decidido que quiero escribir también sobre las cosas más bellas que puedan acudir a mi mente, así, de pronto, sin esforzarme demasiado en evocarlas o reconstruirlas como un todo. Puede que éste párrafo quede demasiado largo, y que incluso no termine nunca, pero no me importa y, ¡vaya!, me vienen dos líneas que anoche, al escucharlas, me hicieron retemblar. La primera fue ésta:
1.      Me iría con mi hijo incluso hasta el infierno.
La segunda esta:
2.      Vamos a quitar el brazo de superhéroe.
Explicaré, o al menos eso trataré, cada una con la poca cordura que me queda luego de pasármela despierto toda la noche en mi ER. Primero me acordaré de que Proust, y que en general los franceses, tienen a la figura materna trepada en un palo muy alto. ¿Qué se puede hacer sin la madre? O más bien, ¿qué queda por hacer cuando ya no está la madre? Resulta gravísimo que la madre se ausenta de una o de otra forma. Pero es para mí una peor forma cuando la madre, estando viva, elige apartar de sí a su hijo, condenándolo al fuego eterno por haber sido configurado por el universo para sentir afiliación hacia su mismo par heterogéneo de cromosomas. La biblia, en efecto, nos condena a arder por siempre en Sodoma; el mundo, a empezar a hacer ascuas aquí en la tierra, mientras todavía metabolizamos oxígeno. No me tiraré en la tierra como cualquier personita que se queja de la “sociedad de mente cerrada”, pues me parece entrar en un terreno de por sí ya viciado, y del cual poco puede ser rescatado, pero sí mencionaré que cuando escuché a una madre, joven y soltera, una de esas bravas madres, con la que tengo la suerte de trabajar y a quien me referiré como M., decir que se iría con su hijo incluso hasta el infierno, no tuve duda de que así-debería-ser-mi-madre. Para mi mala suerte eso fue sólo un deseo volátil, insulso, del cual tengo la seguridad de que nunca se volverá realidad porque ¡oh!, mi cabello se empieza a inflamar de cuán pecador soy. (Pero, ¿me interesa que haya comenzado ya a arder? No realmente; estoy demasiado cansado, con sueño y con catarro, como para que me importe. Sigamos…)
La segunda línea la escuché mientras el traumatólogo partía en dos tapas la férula del brazo de un pequeño de dos años, quien, estoico, permaneció sin moverse, a la sombra de su madre y al calor de su mano que lo sostenía del pecho, mientras la sierra aturdía el consultorio cual estruendo interminable de relámpago. Al pequeño la madre le había dicho durante todo el proceso ortopédico que tenía un brazo de superhéroe, forrado de dura fibra de vidrio, y de la cual tenía que hacerse responsable, (cuidarla y no mojarla) porque otros niños no tenían el privilegio de tener un brazo tan duro. Pero anoche terminaba el encanto. El brazo había endurecido su hueso, y se podía prescindir ya de la escayola. Me pregunto si la idea le habrá agradado al pequeño de dos años. Recuperaría su brazo normal, y ya no tendría que cargarlo con un cabestrillo de tela colgado del cuello. Tal vez al volver a su casa durmió, olvidó el retiro de la escayola y siguió su vida: hoy despertó y salió a ver el mundo con sus ojos puros. Nada había pasado. Quedaría, acaso, el recuerdo de que tuvo un brazo de superhéroe, pero no de que se partió el hueso en dos y que lo tuvieron que inmovilizar para que éste soldara. La madre lo había dotado, con sencillas palabras, de un superpoder: no era más débil, sino más fuerte.
Y en este punto ya no sé qué más escribir. Dejaré abajo un fragmento de la letra de You haven’t seen the last of me.

Feeling broken
Barely holding on
But there's just something so strong
Somewhere inside me.
And I am down, but I'll get up again.
Don't count me out just yet

I've been brought down to my knees
And I've been pushed way past the point of breaking,
But I can take it.
I'll be back -
Back on my feet
This is far from over
You haven't seen the last of me.
You haven't seen the last of me.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Yo y el texto y Noche de Califas.

          Por José Bermúdez Hindemburg
Acá una usuaria responde en Yahoo Answers que la palabra Califa equivale a caliente, calenturiento, en un sentido vulgar; otra dice que lo lea de arriba para abajo, no entiendo; otro usuario, esta vez un hombre explica que en la Ciudad de México se le dice Califa a la persona que pasa en los arrabales, bailando danzón y grupera en el California Dancing Club, por el metro Portales; ahora, en la Mejor Respuesta (elegida por quien preguntó) se lee un tal Albert que presenta primeramente su oriundez orgullosamente chilanga, y a continuación, iguala la palabra Califa con padrote, el que mueve a las prostitutas, y agrega con erudición que el término comenzó a ser utilizado allá por los cincuentas, sesentas. Y remata: “Tengo el libro Noche de Califas de Armando Ramírez y ¡está buenísimo! te lo recomiendo.”

Me planté frente a la computadora desde noche y ya amanece. Tengo el tiempo corto para entregar un análisis de la novela “Noche de Califas” de Armando Ramírez, y todavía no hallo por dónde empezar. He cavilado en quizá iniciar con una cita que deje perplejo al que la lea y lo distraiga de lo pésimo que es mi abordaje, o quizá transcribiendo un párrafo de la obra y así, sienta que Armando Ramírez me lleva de la manita a estudiar su texto. Intento ambas cosas y resulta todavía más pésimo mi abordaje, así que opto por seguir buscando información sobre el libro: alguna reseña, alguna crítica del libro, biografías o semblanzas del autor; dónde estudió, cómo fue que publicó, qué semejanzas tiene con otros libros, y lo más importante: por qué en lo vasta que es la internet, apenas aparece su nombre asociado a la novela que yo intento diseccionar para estudiar mejor. Uno que otro articulillo aparece ahí, y lo guardo; no es material del que pueda aprovechar alguna cita, simplemente se me hace interesante y ahí va: a pestaña de marcadores. ¿Qué más? Que leí que a la obra la adaptaron a teatro (independiente y de compañía) cosechando éxito entre los espectadores. ¿Y ya? Así es, no hay información suficiente, no hay reseñas por doquier como yo me lo esperaba, no hay críticas que logren orientarme en una buena dirección de abordar el análisis narrativo de la novela. Es cierto lo que leí en esa página que mandé a marcadores —y que soy tan holgazán que no pienso buscarla en la carpeta del explorador— que decía, más o menos, que Armando Ramírez era un escritor que había sido relegado a los escaparates más modestos, a la editorial que no le ha rendido homenaje en honor de cumplir tantos años de haber debutado en el campo literario, e incluso, rumoraba que ciertos eruditos, letrados y demás personillas de guante y puro, despreciaban, repugnaban su literatura, y aun más, veían con malos ojos a las personas que insistieran en leer a ese... impuro. Al leer esto no supe si estar de acuerdo o en desacuerdo. Sin duda Noche de Califas aborda una temática que puede ser impura o detestable para los dogmas que como que quieren ser fehacientes en la moral colectiva: la prostitución, el sexo promiscuo y la noche de antro, pero eso sólo aplica en esta realidad, aquí donde todos vivimos y nos movemos y platicamos, etc., mas no en la ficción. Pienso, en los libros es otra cosa, en los libros y en la imaginación es-otra-cosa. Aquí no entran cánones que digan que tal cosa debe ser llevada así o asá, o que los temas deben limitarse a unos cuantos. Bien hizo Armando Ramírez el declarar alguna vez a la prensa que debemos recuperar esa necesidad de contar historias tal y como nuestros abuelitos hacían cuando nos sentaban sobre sus muslos y divagaban sobre historias los llanos amplios de su imaginación y experiencia. Creo que fue exactamente esa evocación del cuentacuentos lo que instó a Armando Ramírez llorar una historia —como denomina Kevin Brooks el hecho de narrar— tan visualmente conmovedora y la llamara Noche de Califas —novela publicada por primera vez en 1982 por la editorial Grijalbo—, pues bien, apenas entrado en la lectura de las primeras páginas, una enérgica descripción de cuán terrible puede ser contener por mucho tiempo algo que propugna ser contado, sea para aplacar el ansia, o mirar ya desde lejos lo sucedido, demuestra que a pesar de lo que sea, de las implicaciones narrativas o de la remembranzas personales, el cuentacuentos siempre se sale, y se saldrá con la suya.
La novela inicia con un prólogo y un epílogo que no son marcados como tal, pero que constituyen desde la primera línea una construcción de cómo fue la cadena de implicación en la historia, y de cómo fue que acabó todo de una manera sórdida e imprevisible. Está Sugi, narrador en segunda persona indicativo, quien se sienta frente a su Olivetti y trata de hacer brotar de su recuerdo aquella Noche de Califas que marcada al rojo vivo está en su sentir. No pasa mucho tiempo cuando por fin las palabras comienzan a llenar las hojas blancas, las hojas blancas se convierten en ventanas como sus ojos, y a sus ojos se sublevan los recuerdos que, Sugi sabe bien, pudieron haber ocurrido de otra manera.
Y tú estás frente a esta máquina hundiéndole los dedos, afanándote por recordar todo tal cual; aunque íntimamente sabes que te estás traicionando porque nunca vas a saber a ciencia cierta si así sucedió. Pero qué le vas a hacer si ya no puedes aguantar más estas ganas inauditas por decirlo a alguien más que a tus amigos, porque, a lo mejor, es una forma de deshacerte de esta obsesión, de estos fantasmas que en tus sueños se aparecen y te persiguen arrojándote a las calles solitarias...[1]
Y es que la realidad se reinventa al ser narrada, y el que escribe debe saberse atenido a esa ley si quiere que el momento a ser escrito se rinda y se plasme solito con palabras en una historia. Armando Ramírez no es el único que ha logrado presentar ese precepto en su narrativa. Tomás Eloy Martínez también concibió que su tarea de escribir la historia de Eva Perón en sus últimos días —y del éxodo que sufrió su cadáver resuelto en no dejarse enterrar si no era de la mejor manera— iba a estar infranqueablemente limitada por la realidad porque “todo relato es por definición, infiel. La realidad, como ya dije, no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo”[2], porque en parte porque el escritor “es güevon [...] y en parte porque le gusta imaginarse las cosas.”[3]
A medida que avanza Sugi en la reconstrucción de la historia, de la que se aleja magistralmente narrándola en segunda persona, como hizo Carlos Fuentes en Aura, vamos viendo nosotros a través de sus ojos no solo la noche aquella, —como bien dijeran los Ángeles Negros— de debut y despedida, en la que Sugi y la Muñeca escoltaron al califa más respetado en el bísnes de la prostitución al lugar encendido por el calor de la feromona y el aroma ondulante a sexo, donde en un ir y venir de analepsis y prolepsis como destellos cegadores de una escena a otra, Macho, el Califa Mayor, llega al límite desesperado de saberse enamoradamente obsesionado por una mujer que fue echada a volar antes de tiempo como una paloma —causándole la muerte— a manos del Conde (otro padrote de menos presencia), hombre de medio talante a quien el Macho ama y odia al mismo tiempo.
Sugi lo sabe. Lo sabe ahora que lo escribe, y se da cuenta de que siempre supo que en el ambiente se sentían vibraciones que apercibían un funesto desenlace para el final de la noche. ¿Pero qué hizo? Nada. Simplemente se plantó a un lado del Macho para notarse que andaba con gente de arriba, con gente importante en el arrabal lodoso de la Merced; y dejó que la noche siguiera con la orquesta al frente del escenario, las iluminación que ciega las sombras del miedo y la cursilería —por considerárseles aciagos sentimientos en un lugar como aquél—, se sucedieron las pláticas, los encuentros, los choques de miradas llenas de rencor y amor entre el Conde y el Macho... Entonces que uno se planta, y el otro que le sigue el juego. El uno y el otro ya bien sabían que esa era Noche de Califas, y que la única forma de terminar el juego no era con calentaditas ni castigos: un error de Califa costaba la vida, ni más, ni menos. Así era aquello, sólo que en este caso, el error había sido de los dos. ¿Entonces habrían de morir los dos? En cierta forma sí, pero cada quien pagando lo que más le valía. El espectáculo épico, ya de pie los dos, con sus navajas empuñadas y la idea de que todo terminaría ahí; se dio el duelo por la venganza y el honor. Porque dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio.
Un bolero ya de edad grande me miró y me dijo señalando a ese hombre: “ese, así como lo  ve, fue un padrote; dicen que el mejor de La Merced. Galán, califa mayor; no’mbre, ni migajas quedan. Dicen que recibió un castigo divino; que se volvió loco por una mujer...[4]
Lo que más impresiona de la obra es un interesantísimo factor de estudio: El lenguaje de la narrativa se presenta como una aproximación al habla común de los oriundos del Barrio Bravo, es decir, es obsceno, perspicaz y terriblemente directo; no se anda con rodeos: las cosas se dicen sin más, sin importar que vengan ya de una mujer o de un hombre. En cierta parte, que es un diálogo entre dos figuras de remembranza femenina, palabras de tórrida alusión de acento sexual se hacen presentes:
Macho lo vio, me agarró por la cintura y le dijo: Mi vieja... Conde siguió riendo, se sacudió las nalgas y los tres comenzamos a caminar. Ese día me dieron una cogida entre los dos, pocas veces he disfrutado de dos hombres juntos como esa vez, era como si fueran uno[5] 
Desde la lejanía de un ambiente claustral en cualquier otro espacio, la cita anterior puede sonar impertinente y con buena carga de sentido vulgar, pero desde el interior de las páginas no puede más que exaltar el amor y representarlo en la compartición del bien carnal: una comunión entre el padre que enseña a su hijo a seguir las artes del placer.
Armando Ramírez, originario del Barrio Bravo, supo como sumergir al lector en su historia más con la herramienta de utilizar el lenguaje hablado en aquel lugar, que con las descripciones de los escenarios y de las calles, hace que el imaginario del lector aprenda a colocar cada pieza narrativa en su lugar, y hacer converger muchas historias e imágenes en una sola, donde no hay desenlaces cerrados, ni certezas absolutas. Donde la vida continuó porque así es la vida, siempre continúa... no tiene finales.

Una rápida revisión al texto: ortografía y demás.
Creo que he terminado.
El libro me gustó.
Lo recomiendo.



[1] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 10, 11.
[2] Eloy Martínez, Tomás, Santa Evita, México, 1995, Editorial Planeta, pp. 96.
[3] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 8.
[4]Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 103, 54
[5] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 54.