martes, 7 de febrero de 2012

Teclados resistentes al clima


Gotas caen al teclado y lo mojan. Escribo. Escribo porque me hablo, y como me hablo, me entiendo. También escucho música, escucho música porque así compruebo que, si la aprecio, todavía soy humano. Todavía lo veo; siento que estoy allí, parado sobre ese suelo limpio, huelo el aroma que despiden el desinfectante y los fármacos, apilados por decenas sobre un estante... cae otra gota. Respiro. Sigo vivo... vuelvo a recordar los gestos inexplicables, las miradas que parecen significar algo que no logro descifrar. Pido la herramienta y no está. La necesito, una vida puede depender de la herramienta, y sigo sin encontrarla. Pregunto por ella, las pupilas se entrevén. Cae el silencio de la respuesta vacía.
Debe estar allí, en el primer cajón, echo otro vistazo y  meto la mano hasta el fondo. No está. Una vida puede depender de la herramienta. Siguen los silencios, se alargan las miradas, los rostros de concreto: duros, impenetrables. Me voy a buscarla, aunque, a decir verdad, no sé dónde más buscar.
Regreso y digo que no está. Me parece que estoy derrotado pues no he conseguido la herramienta de la cual puede depender una vida. Y la requieren, requieren la herramienta a toda costa. Aquí caen dos gotas: se mojan la ce y la eme. Una turbina, mi cabeza que da incontables revoluciones. Tan rápido como el destello de un relámpago, en medio de la adrenalina, me mira un ser y devela el lugar donde ha estado siempre la herramienta. Corro, corro y alcanzo la herramienta. La preparo: la uso. La herramienta mide, trabaja y con un bip da un resultado que no crispa los nervios de nadie, pues ocurre, entre tanto, una emergencia.
De súbito lo comprendo todo. O al menos, creo comprender. Es pues, la situación de siempre. Se rompe el falso cristal que han construido los demás para usar en su pos mi ceguera. Pero como ya lo he dicho, ahora comprendo todo. Esas miradas de complot son las mismas que un día me parecieron elogiar, me parecieron haber llamado amigo, me parecieron haberme hecho parte de su círculo, me parecieron miradas puras, claras... sinceras. Sinceras como las esculturas perfectas, sin mancha ni quiebre.
     Pero todo era una mentira...
     todo era una desazón...
     de vista gorda era su mira...
     Y ante ella doblegué mi corazón... 
Sí, lo hice; y no sólo eso, también les brindé mi confianza pues mi razón cayó ante su fingida tolerancia y compañerismo. Me duele, me duele ahora saber que todo fue una quimera, un espejismo. Otro juego sucio, otro asesinato, otra cena de saboreadas sensaciones porque, da una ojeada que esas miradas y ese ser se alimentan con su juguete, la comida: el sentir de los demás.  

 *

Hace tres años encontré mi respuesta. El síndrome de Asperger... saber que este término existía, y más bien, que existían más personas como yo fue algo revelador, me sentí tan...tan...tan así: como el sediento que halla el maná en medio del desierto, como el náufrago que se descubre acompañado en una isla abandonada, como una madre que ve a su hijo por primera vez, como un astrónomo descubriendo un cuerpo planetario...
Sentí felicidad. Todo ahora estaba claro. Vamos, todo encajaba a la perfección; yo no había caído por accidente en el planeta tierra, y si había sido así, no era el único que vivía en este planeta equivocado. Pero como había felicidad, conocer el término también escondía un trasfondo oscuro que se asemejaba a una funesta profecía. Así sería de por vida, no sería como una gripe o una viruela que puedes superar con reposo y tratamiento. No... Así había nacido, y si no había remedio, más me valía aprender a vivir de tal forma.
¡Me lo propuse!
Una de las características del Espectro Autista, en donde se encuentra el Asperger, es que los individuos tiene una dificultad marcada para relacionarse con las demás personas. Vamos, que les cuesta socializar. Pero me lo había propuesto, a continuación dejaría la piel en tratar de relacionarme mejor con las personas aunque de sus gestos y señales entendiera apenas un poco. Y hasta hace un día pensé que todo marchaba a la perfección —mira que tenía amigas que consideraba por poco a una familia, porque en un trabajo, los colegas se convierten en algo así como tu segunda familia—, pero sucedió lo típico. Sí, lo típico, porque ya me ha pasado varias veces.

Te das cuenta de que todo,
todo,
todo,
ha sido una mentira,
una farsa;
puro teatro;
pura máscara.

Triste, enojado, decepcionado, colérico, deprimido... ninguna de estas palabras puede describir la forma en la que me siento. Quizá terrible sea lo más adecuado. Y terriblemente pregunto, ¿qué amigo deja que una persona despreciable se divierta viendo cómo sufres, y además, le apoye?
La respuesta: NINGUNO
Veo el pasado y me doy cuenta de que me he desgastado en vano por seis largos meses. Lo único que obtuve fue que pusieran mi estupidez a prueba, como si de un mono yo me tratara.

“Vamos a escondérselo para ver qué hace”

Frase dicha por una persona que se siente un Semi-Dios de la enfermería.  

Si me faltará tanto humanismo y sensibilidad el día que sea un profesional ejemplar, con licenciatura y todo, prefiero, mil veces, ser un mediocre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario