lunes, 27 de febrero de 2012

El aroma de los ciruelos en la noche (Fragmento) Por: José Bermúdez


“¿Está Isá?”, le preguntó Adela a Rosa.
“Sí, está acostado”, le respondió la madre, “pasa a verlo”.
Lo encontró acostado en un petate desgastado, cubierto por una colcha de estambre y otra más de lana roja. Isá miraba hacia la pared, estudiando algún punto invisible, pero que debió ser muy interesante. Adela se acercó despacio hacia él, y sin que el otro se inmutara, sentóse a su lado, en el suelo. Permanecieron así, en silencio, por varios minutos, escuchando como batían sus trinos los pájaros en los árboles mañaneros. Luego se oyó el gemido del tren rasgando los aires hirvientes. Alguna mula pasó de largo, el crepitar de sus cascos dejó de escucharse hacia la lejanía. Ladró un perro tres veces y cantó un galló en el patio. Luego Isá volteó y miró el contorno fino de la cara de Adela, quien ahora parecía haber encontrado otro punto invisiblemente interesantísimo del que no apartaba la mirada.
“Adela”, susurró Isá, “quiero decirte algo pero no sé con qué palabras. Me hace falta aventarte los reflejos del sol con el espejo; me hace falta echarte piedritas en tu cabeza y silbar canciones junto a tu casa, por las noches, mientras paso... Me falta escribirte esquelas y cartitas de amor, y de aromatizártelas con rosas disecadas... pero...
“Isá...”
“No, Adela, déjame decirte... que quiero tenerte siempre conmigo; ¡no te lo digo porque me sienta a un paso de morir, te lo digo porque si muero, sabrás que te amé desde que conocí esa palabra, hmädi... hmädi ratsíso henequindundthú[1].”


[1] Te amo... amo tus bonitos ojos negros. (N. del T.)

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