miércoles, 1 de junio de 2011

Cuando los muros se levantan...


Por: José Bermúdez.
El muro de Berlín fue levantado atravesando el corazón la tierra germana después de haber terminado la segunda guerra mundial, al inicio de la guerra fría. Habiéndose dividido la Alemania (que de por sí ante la repartición de los países ganadores ya era un rompecabezas) por la cortina de hierro, el mundo hubo de suponer la parte externa e interna del territorio; es decir: unos estaban encerrados y otros, más bien, libres. Pero, si había de suponerse aquella libertad, ¿por qué fue destruido entonces en la segunda mitad del siglo en el que fue erigido? Pareciera un cuestionamiento sencillo; podemos gritar razones políticas, sociales, económicas e incluso otros se alzarían en pregonar la voluntad divina, no obstante, en general la respuesta es una: El hombre es libre por naturaleza, así se lo digan o se lo censuren. Más libre que una paloma que fue atada al vuelo eterno, más emancipado que una bestia salvaje encadenada al brío atroz e irracional de la cadena alimenticia. Somos hombres: somos libres.

De esta forma (o tal vez no), William Dietrich nos dibuja en su novela histórica “El muro de Adriano”(Ediciones B, 2005) aquella construcción de gran envergadura destinada a yacer por siempre, partiendo la isla británica en dos piezas: la más grande es territorio imperial –Roma–; y la otra, el sobrante es la tierra de nadie, territorio bárbaro poblado por seres que frente a las pupilas romanas son desecho de escoria (sin exagerar).

Los personajes atraen a mi memoria personalidades femeninas que han ejecutado con sus pechos y curvas delineadas revoluciones a gran escala en las tierras que pisan. Véase: Eva Perón, Cleopatra, Martita de Fox (sic). Pues bien, Dietrich nos ilustra la imaginación con aquella mujer inocente y preguntona; curiosa como un suricato y delicada como los rosales de castilla. Valeria es la hija de un senador destinada ¿desterrada? a vivir un matrimonio con aquel que habría de convertirse en algo así como un “comandante” de la petriana, un ejército romano de gran hacha, harto filo y mucha historia; tal vez también plagado de corrupción y ambición. ¿Alguien dijo Ejército Mexicano?

Marco es el nombre del Prefecto de la Petriana. Futuro esposo de Valeria. Galba es otro hombre con tendencias animales en cuanto a dureza y fuerza. Su aspiración prima ha sido la de convertirse en Comandante de la Petriana y lo hace, pero sus alegrías se frustran con la llegada de un sujeto de cuna alta y noble. Marco allana su trono en la isla britana porque habrá de celebrarse la boda con la hija de un senador como desposada. En su camino hacia el Muro, Valeria se topa con la imagen que la mayoría tenemos de esa isla de orígenes celtas: el clima lluvioso, aire húmedo y pesado, además de sus patios y calzadas enlodadas por el agua abundante. “Les caería de maravilla un poco de sol” Comenta Valeria hacia su llegada. Habla con Clodio, otro soldado hijo de mami; con poco temple pero la disciplina absoluta de un adolescente serio le forma la personalidad quieta. Un séquito les acompaña en su camino hasta el centenario muro al norte de la isla que no escampa.

Históricamente “El muro de Adriano” fue construido por soldados entre los años 122 y 132 por orden del emperador romano Adriano. Su principal objetivo fue el de defender la Bretaña romana de los escotos y bárbaros que habitaban al norte y se decidían en ocasiones por reconquistar su territorio.

Eran celtas. Los bárbaros eran celtas y su ideología que Dietrich marca en los capítulos finales de su obra son determinantes en la pila de detalles que enmarcan las escenas. Tal vez, un modernismo de la época donde los monasterios y los lugares de “guardar” eran el boom o lo aceptable. Pero Valeria no es de guardar, al menos, eso se entiende desde que logra salvarse el pellejo de unos bandidos que les cortan el paso instantes antes de reunirse con su Marco, al que no ha visto en su vida. La futura desposada tiene brío, como un corcel desbocado pero se mide por aquella moral que ha sido construida detalladamente por su sirvienta ¿esclava? Savia.

Conoce a Marco, se casan, hacen el amor y allí termina todo. Su vida se ha consumado, se ha hecho romana y mujer. Se ha convertido en política y buenas conexiones para su padre. Allí termina todo…

Pero no, Valeria no quiere eso, su padre si, Marco se desentiende, Galba la desea con ferocidad, también la quiere hacer suya; con amor o sin amor…él la quiere poseer, pero todo es con una finalidad oculta bajo sus rollizas palabras articuladas con la típica masculinidad romana. Valeria muy en lo profundo de su ser lleva una flama perenne de vida que la incita a montar a caballo; complacida acepta una invitación de Galba para ir a cabalgar dentro del fuerte donde habita y entonces comienza el peligro. Después de aquel furtivo momento de libertad, Valeria lo invita a cenar mientras su esposo se parte la espada en una batalla encauzada –supuestamente– por ella; el hombre, al tiempo que la cena se desarrolla, le intenta clavar un beso. Valeria lo rechaza como su esclava le había instruido; estaba casada con un prefecto, hija de un senador y además era romana. Debía guardar compostura…Le propina una cachetada.

Pero allá, fuera del muro legendario se libra una batalla. Los celtas son gente escurridiza y la petriana cansada de buscar en los recónditos túneles y en las inalcanzables ramas de los robles (árboles sagrados) decide incendiar el bosque bendito. El cuerno ha sonado, los huesos han predicho el futuro, un mal agüero se anuncia y se avecinan tiempos de guerra. Roma en lugar de apaciguar el fuego, ha encendido, a la vez literalmente y a la vez no, un fuego que tardaría en apagarse.

Uno de los que intentaron capturar a Valeria de camino al muro ejecuta con diestra su secuestro una vez más. Esta vez consigue raptar a la muchacha (y de paso a su sirvienta) y se las lleva consigo adentrándose la horda criminal en los bosques espesos de la Britania “sin civilizar”. De momento, Valeria y Savia odian su “fortaleza primitiva” pero pasadas temporadas largas, lluvias que no parecen escampar, cosechas que muelen columnas y amores que además de saciar el apetito sexual traicionan ojos cegados, las mujeres acaban por acostumbrarse a la simpleza y al jabón, también.

Pero como han dispuesto los dioses del cielo, del agua y de la guerra: las huestes de la muerte se avecinan y la avaricia carcome como un cáncer fulminante el corazón de los hombres romanos que se dejan agazapar por los ajuares y los falsos comentarios. Galba ya fue y regresó, después se volvió a ir. Galba viajó a las tierras celtas, donde está secuestrada la esposa del comandante de la petriana pero no la ha tomado, ha ido a traicionar al imperio sin que Roma o su emperador, ni su petriana y sus jinetes se den cuenta. La guerra se acerca aún más.

Los hombres han escuchado la señal dispuesta por los dioses. Valeria ha viajado ¿escapado? Hacia el muro para dar aviso de una traición: Galba ha traicionado al imperio, también a su esposo y porque no, incluir que la ha traicionado a ella. Maldito perro codicioso, llega antes con Marco y voltea las cosas al revés. ¿Dónde quedó su estoico patriotismo? Se ha comido su avaricia…

Marco, buen hombre de cuna, mal esposo de roma: ha desconfiado de su esposa, la ha mandado encarcelar en su tumba, perdón, es decir, en su casa. No le han creído el mensaje de traición porque ha amado a otro hombre pero ha amado, eso es lo importante. Ahora vive, encerrada, cubriendo sus mejillas con un río de lágrimas y maquillaje disuelto pero ha amado. Eso es lo que cuenta.

Omitiendo la advertencia de Valeria, la guerra ha llegado, los celtas conllevan el brazo grueso de la justicia y la golpean con un ariete en las piedras de barro y mortero que sostienen el muro. La puerta se abre, los guerreros entran y se encierran en su perdición. Hay un ejército dentro esperándolos. Casi enseguida los diezman…a todos menos a uno, al captor de Valeria; a él le espera un castigo mayor. Valeria tendría que ver su muerte, tal vez una crucifixión en lo alto del muro. ¿Se enojarían los cristianos?, ¿a quién le importa?...

La guerra sigue, afuera hay otra ala de la petriana, más allá otro contingente de celtas espera asaltar los fuertes muros que abrazan la Roma británica. Marco va delante, llevando a sus hombres para encerrar a los que entraron antes pero los alcanza el brazo de los dioses y Marco muere, los otros también. Adentro, los celtas perdieron, afuera, se llevaron la victoria.

"Pero cualquier mentira acaba por descubrirse"
Un personaje de Roma halla culposa la traición de Galba, mientras tanto, Galba se matrimonia con Valeria (forzadamente, por supuesto). Se interrumpe la boda, se levantan las voces, la traición es nombrada y el amante de Valeria ha sido dispuesto en libertad, ahora está allá afuera esperando al invicto Galba, tal vez, para matarlo.

Lo mata, con la mirada resuelve su amor con Valeria y se la lleva. Ambos comienzan a vivir…allá en Caledonia, allá en la verdadera Britania. Solo fuera del muro, de las contenciones se pudo ser feliz; al menos, supongo, ellos así lo fueron…

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